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¿La bohemia? Pues sí. Parece imposible hallar un concepto que exprese mejor las contradicciones, las dificultades económicas, los fracasos y también la maravillosa locura que rodea a las artes. Mis orejas se han acostumbrado a su acepción más peyorativa, la que despoja de dignidad a los sentimientos, pero bajo esa aureola romántica y pasada de moda, se esconde en realidad un pegamento de contacto. Un estilo de hacer. En cada escultor, en cada músico o actor, late un motor especial, la consecuencia más visible de su carácter, que le empuja a labrar la piedra, tocar el saxofón o recitar a Shakespeare de un modo particular : el suyo. Una vez descubierto, el sujeto se abandona al estudio como lo haría un alquimista, con la pasión de un médico que está a punto de descubrir una vacuna o de un físico de partículas cuando acelera un muón.
Poseídos como están por la investigación que tienen entre manos son incapaces de hallar el camino de vuelta a casa. Y si lo hacen, no recuerdan dónde han colgado la gabardina o aparcaron el coche. Olvidan incluso que habían quedado contigo, y si acuden a la cita llegan demasiado tarde. Su familia y amistades se preguntan entonces si un desaprensivo les habrá hecho vudú. Fascinados como están por su proyecto comienzan a descuidar las más elementales normas de convivencia, dando la impresión de haberse convertido en locos o en haraganes. Ahí es donde enganchan los tópicos, como el del científico distraído o el artista bohemio. Cuando una persona no sabe ya cómo descalificar un modo de ser, se refiere a la bohemia como una enfermedad propia de insolventes o vagabundos.
Mis aspiraciones no llegan a tanto. Conozco lo que es pasar la noche al raso. También lo que supone echar una cabezada en la furgoneta, acurrucado en el asiento de atrás. He dormido a pierna suelta en las baldosas de un ayuntamiento y dentro de una caja de cartón en un polideportivo. Este rosario me ha servido para comprobar que tengo una salud de cemento, y en definitiva, que las pensiones y los hoteles donde pernocté después tampoco eran para lanzar cohetes. Así que no lamento mi suerte, me gusta dormir bajo techo pero sin pretensiones.
Ser bohemio tiene sus ventajas. Te permite llevar el infortunio con cierta flexibilidad. No te ahogas en un vaso de agua pero tampoco por un embargo. Los márgenes del éxito y de la catástrofe dan tanto de sí, que sufrir el peso de una deuda no supone estar en la ruina, depende del tamaño del aprieto y de lo soportable que sea. No dejé el teatro exclusivamente por las penurias económicas de la compañía. Tampoco tiré la toalla por imposiciones familiares. Ya era mayorcito y me había acostumbrado a la presión. Durante los últimos años de mi caminata teatral intenté compaginar la escritura y la escena. Allá donde fuese encontraba un momento para garabatear un artículo o una crítica literaria. Llevaba encima un libro, un periódico y una libreta, así que no era raro verme leer o escribir en cualquier parte. Ahora lo acarreo todo en mi mochilita-riñonera, un invento de lo más polivalente. Para armonizar mejor las dos facetas, se me ocurrió que la compañía podia editar una publicación sobre teatro. Aunque la experiencia fue gratificante, lo cierto es que Acción sólo duró un par de números y el impago del último recibo causó problemas. A la compañía le reportó un mandato judicial y un prestigio fugaz, demasiado efímero.
Culturalmente hablando, la desaparición de la revista sirvió para que el patronato municipal de teatro editase un cuaderno con la programación de las salas, terreno que hasta entonces estaba virgen. Yo disfruté más durante la creación colectiva del siguiente espectáculo que con la propia revista. Y eso no me lo esperaba. |
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