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       ¿La bohemia? Pues sí. Parece imposible hallar un concepto que exprese mejor las contradicciones, las dificultades económicas, los fracasos y también la maravillosa locura que rodea a las artes. Mis orejas se han acostumbrado a su acepción más peyorativa, la que despoja de dignidad a los sentimientos, pero bajo esa aureola romántica y pasada de moda, se esconde en realidad un pegamento de contacto. Un estilo de hacer. En cada escultor, en cada músico o actor, late un motor especial, la consecuencia más visible de su carácter, que le empuja a labrar la piedra, tocar el saxofón o recitar a Shakespeare de un modo particular: el suyo. Una vez descubierto, el sujeto se abandona al estudio como lo haría un alquimista, con la pasión de un médico que está a punto de descubrir una vacuna o de un físico de partículas cuando acelera un muón.  

      Poseídos como están por la investigación que tienen entre manos son incapaces de hallar el camino de vuelta a casa. Y si lo hacen, no recuerdan dónde han colgado la gabardina o aparcaron el coche. Olvidan incluso que  habían quedado contigo, y si acuden  a la cita llegan demasiado tarde. Su familia y amistades se preguntan entonces si un desaprensivo les habrá hecho vudú.  Fascinados como están por su proyecto comienzan a descuidar las más elementales normas de convivencia, dando la impresión de haberse convertido en locos o en haraganes. Ahí es donde enganchan los tópicos, como el del científico distraído o el artista bohemio. Cuando una persona no sabe ya cómo descalificar un modo de ser, se refiere a la bohemia como una enfermedad propia de insolventes o vagabundos.

Pasado

Presentación de Fuera de Quicio

novela

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