
Como decía mi padre, la relación que yo tuve con el teatro fue fruto de Las Malas Influencias. La culpa la tuvo la fatalidad, que me unió a unos indeseables, unos golfos que me condujeron por el peor de los caminos hacia un callejón sin salida. Mi viaje con gente tan ladina duró la friolera de doce años. Y no escarmenté, porque después de tirar la toalla volví a hacer piña con ellos. Así que mi padre defendía una postura difícil en cuanto a mi fragilidad de carácter. O estaba en un error o pensaba que soy un imbécil.
Sólo los idiotas se dejan arrastrar durante tanto tiempo por el sendero de la perdición. Además, hay que estar muy atolondrado o ser un perfecto insensible para que durante el trayecto no recibas un impacto. Cualquiera que sea. Lo mismo vale sufrir un accidente, que perder el trabajo o divorciarse. Ciertos sucesos nos obligan a despertar. Mientras unos se desperezan otros se estrellan, aunque la mayoría de los imbéciles no levantamos cabeza. Para nuestros padres la taza estará siempre medio vacía y el mío se convencía de que mi aventura teatral - lo que yo califico de experiencia insustituible - no me reportó fama alguna. Y la que conseguí en el pequeño pero proceloso ámbito familiar me la podría haber ahorrado. Tenía pruebas para demostrar lo que decía, y eran aplastantes. Si medimos la talla de un ser humano por las imágenes que cosecha en la caja de plasma, se puede hacer un sencillo cálculo. Doce años de teatro divididos entre la media docena de veces que salió mi jeta en la tele autonómica, dan un soberbio fracaso.