|
Se me ve en la foto de arriba con cara de alucinado saliendo de la fronda que hay a mis espaldas. En los ojos me brilla un contento especial, como si no me creyera lo que me está pasando. Llevo una vieja camisa china de seda azul pegada al cuerpo, marcando tetillas porque voy sudando a chorros sin hacer nada del otro jueves. Hace un calor demoníaco a orillas del Ucayali, en la Amazonia peruana. El sendero del que procedo lleva hasta la orilla del río —calcado al de la película Apocalypse Now—, de ambiente vietnamita, donde todavía duerme la canoa desde la que pesqué una sardina. Tuvo su merito, ya que las aguas están infestadas de pirañas. Hasta allí me condujo Nixon —el guía, no el presidente del Watergate—, un chaval con mezcla de rasgos asiáticos y pequeña estatura, fibroso, un sujeto que a sus veintidós años maneja sus emociones de forma depurada. Nixon sabe que entre las pirañas existen un par de docenas de especies carnívoras. Miden entre 15 y 60 centímetros, pero muy pocas atacan a las personas de modo que en un discreto segundo plano se muestra atento sin resultar cargante. Todos los que hemos contratado sus servicios ya somos mayorcitos. Nadie ha firmado unas condiciones de 100% supervivencia, sino un plan básico de guía turístico, donde se incluye mostrar la zona colindante a Iquitos —la frontera de la selva— y las costumbres de los habitantes autóctonos. Está abierto a propuestas alternativas, siempre que sean razonables. Si se salen del circuito se pagan aparte. No quiere verse en aprietos y cada cual tendría que conocer sus propias limitaciones. Ésta última frase es la llave que rige su coducta profesional, la pregunta que se hace a sí mismo y a sus clientes cuando sugieren una actividad de riesgo.
El lodge que conocí era una cabaña de madera elevada un par de metros del suelo mediante gruesos troncos y cuyo interior estaba recubierto por una fina malla metálica, impidiendo así el acceso de los insectos. El campamento entrelazaba un lodge y otro con las chozas circulares del comedor y la cocina gracias a puentes que iban creando corredores. Los pasillos iban siempre abarandados bajo un techo de juncos para mitigar los aguaceros y la exposición directa al sol. Al caer la noche nos iluminábamos mediante una lámpara de queroseno, que levantaba una aureola todavía más misteriosa. Cumaceba, que así se llama el campamento, estaba rodeada de nenúfares, pero también de loros y cacatúas que rompían en un chillido cuando menos lo esperabas.
|
|