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El caos es el vacío originario, la confusión general de los elementos y la materia. El caos, según los filósofos griegos, es anterior a la creación e incluso a la ordenación del mundo, pero a mí todo este vacío, la confusión posterior e incluso la precedente, se me manifestaron hace tres días en forma de charco de sudor. Y ocurrió a las seis horas y veintidós minutos. Segundos antes yo dormía. Soñaba, no recuerdo qué. El despertar no fue violento, más bien sinuoso y anticipativo, aunque no lo bastante, y redujo mis pensamientos a la densidad del corcho. Nunca he padecido insomnio, ni siquiera durante las noches de faena. Sigo trabajando en una agencia bursátil, ahora para una firma de prestigio y a cuya sombra prospero discretamente, pero el secreto de mi éxito no es otro que saber descargar la agenda. Una agenda apretada es nociva para la salud. Si no queda más remedio que rendir por la noche, entonces me pongo el chandal, hago un poco de ejercicio y acto seguido me replanteo las actividades de la próxima jornada. Posponiendo las reuniones más tediosas y adelantando las más significativas se multiplica mi rendimiento profesional. Sobre todo en circunstancias adversas, porque la meticulosa alternancia entre las horas de trabajo y los momentos de asueto me estimula a gozar de una vida sexual sana, y me proporciona, de paso, un sueño profundo y reparador. Estos cuidados me regalan un aplomo de tal naturaleza que, a menudo, repercute en el bienestar de mi conciencia.
Ignoro si has descubierto ya el significado de la palabra conciencia. Ha llovido mucho desde nuestra última cita en mi apartamento —más de cinco años— pero estoy convencida de que me has hecho un hueco en alguno de los cajones de tu despacho, aunque sea como paciente. Tal vez porque tu matrimonio sea tan aburrido o más que cuando te conocí. A buen seguro que el tedio mantiene intacto tu atractivo poder de seducción, y me entristece pensar que si por una casualidad, y en mejores circunstancias, hubiéramos coincidido en algún sitio, seguramente me habría dejado arrastrar por la nostalgia. Conociéndote, incluso es probable que hubiéramos recuperado entonces nuestra historia de amor en el punto exacto donde la dejaste. Pero las circunstancias no son tan halagüeñas y me veo en la obligación de recordarte que estas confidencias no deberían salir de tu despacho. Si se interpretaran de forma inadecuada afectarían a mi reputación. Y también a la tuya, pues tu reputación como psicólogo, al menos en lo que a mí me concierne, deja mucho que desear.
Empezaré diciendo que mi estado de ánimo no me reporta felicidad alguna. La causa es muy sencilla: hace apenas tres días que sudé hasta despertarme. Abrí los ojos a las seis horas y veintidós minutos de la madrugada. No era un fenómeno nuevo. Me ocurría por segunda vez y para colmo a la misma hora. También esta mañana, igual que me pasó en la otra ocasión, eché un vistazo al periódico y se confirmaron mis sospechas. Por eso me he decidido a escribirte. Las graves enfermedades se manifiestan a menudo en pequeños síntomas, y este síntoma en concreto, el síntoma de la sudoración espontánea, por calificarlo de algún modo, vino precedido en ambos casos de una brisa cortante, afilada, que me recorrió la frente de este a oeste y se desplazó por la mejilla hasta la nuca. Instantes después abrí los ojos y sentí un vacío inmenso. Progresivo. Como si un desconocido acabara de susurrarme un secreto a la oreja y mi oído no hubiera querido escuchar.
Como te digo, es la segunda vez que me ocurre y siempre acompañada. Cada vez de una persona distinta, en los dos casos de un hombre, y los dos hombres, por lo que pudiera afectar a tus estadísticas, no guardan semejanzas entre sí. Al menos que llamen mi atención. En la elección de mis amantes apenas me preocupan las coincidencias de género y bastante, sin embargo, las de número. Pisando un terreno meramente informativo, te diré que la promiscuidad en mis relaciones supera el listón de la media docena al mes. Que se amplíe o reduzca dicho número depende de las necesidades y las circunstancias, pero también de otras coincidencias mucho más aleatorias, y que afectan a la fisonomía de mis amantes, su angulosidad anatómica y hasta la calidad de su vestuario. Su vestuario es, a larga, un requisito desdeñable pero si colocamos en un primer plano el origen de mi batalla contra el sudor, apreciarás de manera singular que el corte de la tela y la categoría del tejido proporcionan un aspecto más seductor al usuario. Dichas apreciaciones constituyen y dan sentido a mi propio gusto y es en ese ámbito de libertad donde se materializa mi discriminación hacia los hombres que sudan copiosamente. De hecho, en el círculo de mis amantes ya no cabe el sudor, la esencia, el perfume auténtico de la carne. Identifico ese sudor, penetrante y animal, con el sudor que se impregnó una noche en tus cabellos y asaltó mi aliento al compás de nuestros cuerpos.
Esa noche me enamoré de ti igual que una adolescente y a partir de esa misma noche comenzaste a utilizarme. Lo supe después, cuando pusiste fin a nuestra relación, justo a las 6 y 22 de la madrugada del día 5 de julio y sin venir a cuento, como si no hubiera otra hora para cortar o como si fuera lo |
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