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Jet Lag
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¿Qué horas son, mi corazón?
Manu Chao La primavera.
Última estación: esperanza
Erika es una mujer fascinante, de imaginación fértil y matemática prodigiosa;
una científica resuelta y muy ilusionada con su trabajo, tal vez la última optimista.
A la doctora Aïsa Royo, microbióloga de prestigio y colaboradora del Proyecto Candela, se le ha cubierto siempre la lengua de flores hablando públicamente de Erika, mi compañera sentimental. Causa orgullo compartir la vida con una pareja cuyo intelecto posee la fuerza de un huracán, por eso creo que es de justicia comenzar estas páginas con una referencia periodística. Que una científica elogie a otra es un suceso agradable, pero en la desenfrenada carrera por la financiación de los proyectos nadie se detiene a cubrir de flores a una desconocida y Erika se merecía desde hace años los honores que Aïsa le dispensaba. En el ámbito emocional, sin embargo, la doctora Royo hacía lo mismo que en los periódicos, entraba sin ninguna vergüenza en el campo de los sentimientos, ponía a prueba constantemente nuestra relación y reconozco que en más de una ocasión, de ser manco, la hubiera estrangulado con mis propios pies.
Al principio se vendía por fascículos en mi cara, ya sea empleando los piropos tradicionales —¡estás que te sales!— como aplaudiendo sus extravagancias más simples —¡ qué de puta madre te sienta ese sombrero, condenada !—. Si Erika se sonrojaba, Aïsa lo interpretaba como un estímulo y cada estímulo se clavaba en mi corazón igual que una esquirla en los ojos de un minero de Botswana.
Para entonces, los cientos de sombreros de Erika, su anárquica colección de raquetas de bádminton o su inigualable armario ropero competían en importancia con los cuidados que prodigaba a la huerta de su parcela. Todos y cada uno de sus tomates, incluso el melón de Villaconejos, que iba chupando durante el verano litros de agua sin crecer un centímetro, ocupaban un lugar en mi cariño. Había necesitado años de relación para sentir cada una de sus cosas en el fondo de mi alma y aquella recién llegada, al verla con uno de sus sombreros de fieltro, el de ala ancha, repentinamente sentía un ataque de envidia y soltaba: «De dónde lo has sacado, ¿me lo prestas?» Si Erika no daba su brazo a torcer, Aïsa transformaba su rabia en un juego de seducción. «¿Tendré que hacerte una llave?» , la retaba entonces. Erika, sin cortarse un pelo, la animaba a probar. Docenas de veces acabaron rodando por el suelo en plan grecorromana y nunca supe de verdad si Aïsa, con tanta llave de lucha, no estaría en el fondo encantada de haberle hecho otro tipo de llave, seguramente una copia de la llave de su domicilio, ese dúplex de diseño que mantenía en Madrid, frente a la boca de metro de Mar de Cristal. Verla entrar y salir de su apartamento la haría flotar un palmo del suelo. Lo sé porque a la hora de picarla, atiplaba la voz con una dulzura tan enervante que le faltaba un tris para comérsela cruda y dicha actitud, tan cristalina, me formaba una nubecilla negra en lo más hondo del cerebro. No era la única tormenta que se originaba allí. Esta mujer vivía una pasión de grueso formato, un delirio que la empujaba a deslizarse desde su silla hasta las más sucias baldosas de una cafetería, y arrobada por la evolución natural de los músculos de Erika y el nervio electrizante de sus tendones, disimulando que caía en trance, murmuraba: «pero fíjate cómo se mueve la muy jodida». |