Antes y Después
 
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Antes y Después

           Alrededor de las once menos cuarto y enfrascado en mis pensamientos, recorro la calle de san Vicente de Paúl en dirección al Ebro. Es undía sin cierzo, anubarrado y muy plomizo, parece que quisiera llover y la neblina que baja del río todavía se resiste a abandonar el final de la calle.
           La Magdalena, en pleno Casco Antiguo de Zaragoza, no es desde luego un barrio convencional. Se respira cierta libertad, huele diferente y la casa de Conchi está impregnada de ese mismo aroma. Se cuela por las ventanas, por la puerta abierta y descansa sobre los sofás, las plantas, los retratos, hasta crear una fina película de ternura invisible a primera vista.
           —Hola Sergio —me saluda Conchi —. Pasa, estás en tu casa.
             Conchi sonríe con naturalidad, mostrando sus pequeños dientes y recogiendo del suelo un montón de bolisas. Las gatas están despeluchando.
           —Tienes una casa muy acogedora—le digo—, es una pena que la vayas a vender.
           —Tampoco me voy muy lejos, sólo dos calles más arriba. El mercadillo seguirá estando ahí al lado, igual que la plaza del Pilar, los jueces y el ayuntamiento, así que no me largo de la Magdalena. Y menos ahora, que han arreglado san Vicente de Paúl. Incluso han montado una especie de sucursal de la Diputación, ¿te has dado cuenta?
           Conchi me esperaba casualmente en el pasillo donde la encontré pasando el escobón, ques se apresura a recoger para ir preparando un desayuno para dos. Aprovecho para quitarme la cazadora, la bufanda y los guantes de colorines, que deposito sobre uno de los sofás y me encamino a la cocina.
           —¿Café?
           —Sí, gracias. Hace unos años —recuerdo que empecé a desarrollar una conversación—, en ese edificio de la Diputación estaba el «Mixto 4», uno de los institutos más despiertos de la ciudad.
           —Es cierto, ahí es donde comencé a dar Autodefensa.
           — ¿No me digas?
           A Conchi se le iluminan los ojos.
           —En la Capilla—continúa—, imagínate. Desmontaron las cosas de la Iglesia, clavaron unas espalderas y la convirtieron en un gimnasio...
           —¿Y había suficiente intimidad?
           —¿Que si había curiosos? —pregunta Conchi—. Siempre los hay, pero en aquella ocasión tuvimos el curso de Autodefensa por la noche, no había otra hora disponible.
           Conchi elige una naranja del frutero, la corta en dos y pone en marcha el exprimidor. Le apetece un buen zumo.
           —De todas formas—reflexiona alzando la voz—, la curiosidad de los hombres es muy chocante. Les cuentas que vas a dar un cursillo de macramé y ninguno se escandaliza, pero si les hablas de un curso de Autodefensa les cambia la cara. «Ah» —gesticula Conchi imitando a un hombre de los de toda la vida— «tú enseñas a las mujeres a que nos peguen ¿no?»
           Conchi me mira de reojo y se rasca la cabeza con suavidad. Su pelo es corto y rizado, del color del fuego.
           —Hay hombres que tienen una manera bastante ridícula de ver las cosas.
           —Hay hombres que nos tienen miedo —afirma Conchi mientras nos encaminamos al cuarto de estar—. Y a las mujeres nos cuesta creerlo.
            Deposita la bandeja sobre una mesita de cristal y tomamos asiento. Me sirvo un café con leche. Las galletas están pidiendo a gritos que alguien se las coma. Conchi me anima y se ajusta la cremallera del chandal.
           —El miedo de los hombres tiene una medida muy especial. Mientras desayunamos tranquilamente, un hombre, en alguna parte, está maltratando a una mujer. Los hombre maltratan a las mujeres desde siempre y resulta que luego, fuera de casa, son unos cobardes.

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