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La Bohemia

       Fue en una pequeña editorial de la ciudad,  y debido a la fama de Pau Donés y su canción de moda, tuve que registrar un nuevo título para ella : Fuera de quicio. Ya había cambiado de ordenador. Mi compañera se iba a comprar uno nuevo y me dejó el suyo en herencia. Era un Mac pequeñito, de cartuchos y ventanas, al que cogí el mismo afecto que se tiene por una mascota. El cambio suspuso un caos de adaptación y a la hora de editar Fuera de Quicio, una pérdida de tiempo. Los programas no eran compatibles y los soportes tampoco, hubo pues que escribirla de nuevo para trabajar en un disco. Contratiempos a parte, me causó bastante impacto repasar las galeradas, pero cuando lllegué a tener en mis manos el primer ejemplar impreso no podía creerlo. La incredulidad dio paso a la ilusión, y para estar dando el callo en un polígono lo cogí con mucho entusiasmo.  Contacté con las radios, las teles y los periódicos de cara a la presentación de la novela  y a raíz de los contactos surgió una tertulia semanal en una emisora de radio. Se hizo una presentación en Huesca. Estuve firmando en la Feria del Libro. Y poco más. Fue entonces cuando mi proyecto de investigación y desarrollo tomó cuerpo.
       Estaba acostumbrado a manipular mis propias vivencias para el provecho creativo, a tomarme por un rata de laboratorio cuando hacía teatro o cuando escribo. Pero a medida que iban pasando los años, me parecía más al gato de Schrödinger que a un peón de una fábrica de plásticos. De hecho tuve dos paradojas muy marcadas, las dos sin diagnosticar, pero que pueden resumirse en un par de instantáneas que guardo en mi mollera.
       En la primera de las fotos mentales me encuentro delante de un micrófono hablando de política internacional y en la segunda estoycompletamente rodeado por toneladas de virutas de polipropileno. No son los únicos cromos. Mi compañera sentimental y un servidor intentamos formar un tándem.  Su afición a la fotografía se desarrollaría brevemente en dos reportajes piloto sobre mujeres trabajadoras, al que denominamos Veo, Veo , en cuyo proyecto me ocupé de las entrevistas. Me recuerdo en cuclillas con una grabadora en la mano y frente a un «muertuco», que así denominaba la operaria del cementerio al cadáver que teníamos delante, el que acababa de extraer de su ataúd de zinc. Al lado de tan bella estampa podría colocar cualquiera de las que iba sufriendo en el polígono. En las que salgo sudando como un pez encuentro las más atractivas. Podría vérseme con una llave inglesa enorme intentando extraer de una vieja máquina inyectora una de sus piezas, la boquilla. Un cono de acero que chorrea un plástico casi hirviente.
      La enorme contradicción entre lo creativo y lo que se fabrica en serie, era equivalente para mí a la distancia que existe entre uno de mis escritos y el asiento de un campo de fútbol. Los dos los fabricaba yo, aunque en horarios distintos, y soporté hasta donde pude esta incoherencia fortaleciendo la curiosidad. Exploré los entresijos de la biografía en Antes y Después, borrador de una vida, cuyo  título no es definitivo porque está inconclusa. Escribí cerca de cuarenta páginas en torno a la más activa feminista de la ciudad y no cabe duda de que tarde o temprano retomaré su historia. Todavía guardo las cintas donde grabé nuestras charlas, pero llegó un momento en que el trabajo de transcripción se amontonaba con el de las correcciones. Además, los cambios de turno en la fábrica me provocaron la sensación de estar padeciendo un constante «jet lag».
      Mi salud era similar a la que manifiesta un salmón remontando una presa y la fábrica me estaba dejando el coco más liso que una chapa de refresco. Mi proyecto de I+D todavía manifestó una ráfaga creativa en La piel del cocodrilo —un breve relato de intriga—, para funcionar más tarde en un estado de excepción. La parte artística que hay en mídebió sentirse tan anulada que llegó a militarizarse. Las órdenes de mi subconsciente fueron a partir de entonces muy simples. Escribe lo que sea, aunque sea un diario. Y es lo que hice. Mis manos se habían habituado en la industria a usar una navaja. Sus terminaciones nerviosas presentaban una falta notable de sensibilidad al calor, una destreza que farda mucho a la hora de hacer unas chuletas a la brasa pero que aleja del bolígrafo como de un horror.  Les costó recuperar el tacto sutil de la tinta en una hoja cuadriculada, ni siquiera recuerdo el tiempo en que estuvieron sin escribir una línea pero al final llenaron veintiuna libretas. Mientras tanto pude adquirir un ordenador portátil al que le auguro, por la cuenta que me trae, una larga vida.  Aproveché también para viajar donde ni en sueños habría ido. Y tragué mucha quina. Atrapado en la noria de los tur—

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Fotos de la promoción de «Fuera de Quicio» Presentación de Fuera de Quicio
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