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En un día tan continental como el de hoy me siento más friki que nunca. No creo en las trompetas de Jericó, que anuncian la sádica llegada de ángeles redentores o diablos sanguinarios, observo la realidad como un fenómeno cambiante donde la gente acaudalada mueve sus marionetas para continuar en el machito. Esta Europa decadente, con progresistas y conservadores llevando las riendas, a menudo muestra su jeta más asquerosa al mundo que la rodea y me parecería asombroso que fuera a cambiar un ápice durante los años venideros —sea cual sea el resultado— así que paso de ir a las urnas como de comer caca. Necesitamos una transformación profunda y pensar que llegará de la mano de presidentes o de parlamentarios es una ingenuidad.
Este abstencionismo, además, no me impide seguir protestando lo que me venga en gana, pues contribuyo por imperativo legal al apoyo y sustento del sistema, además de consumir los productos que fabrica, sin saber siquiera si están o no transformados genéticamente. Así que me da igual lo que vengan a decirme. Si los ultras y los neocon engordan sus filas y nos golpean en los ijares lo mismo despiertan del letargo las almas cándidas.
Hoy más que nunca, sueño con mi próximo viaje a las antípodas.
Al final de octubre, si las hadas y los gnomos me son propicios, tomaré un vuelo a Londres, desde donde me catapultarán hasta Singapur para saltar de un brinco a Auckland, en Nueva Zelanda. Cada vez hay que irse más lejos para sentir la naturaleza en todo su esplendor y allí, por lo que he podido entender, la tratan con el cariño que se merece. No construyen rascacielos a orillas del mar ni estúpidas urbanizaciones de alta montaña, por eso ahorra la peña y se larga a los confines para contemplar en toda su esencia la belleza del mundo. Cuentan que sus gentes son asilvestradas y gozan de la vida con un sano sentido del humor, porque todavía cultivan la tierra y pastorean el ganado sin permitir que la industria y las ciudades se apoderen del suelo que les sostiene y aún les da de comer. Dicen también de los neozelandeses que mantienen sus cielos más limpios que ninguno y sus pulmones lo agredecen sobremanera. Quiero comprobarlo cuando me tengo en pie, no sufro los achaques ni las melindres de la vejez y puedo costear el dispendio que supone llegar hasta la otra esquina del globo, la más lejana de la mediocre península europea donde vivo. |