lunes 2 de noviembre de 2009
Planeta hobbit |
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El despertador ha sonado a las siete de la mañana. En cambio mi cerebro ha levantado el telón media hora antes, mientras un sol de lo más lánguido se iba abriendo camino entre las cortinas de la furgoneta con avance, o mejor con retroceso, pues la tienda de campaña a la que me refiero se acopla por la puerta trasera al vehículo, en vez de por los flancos, como suele dictar la costumbre. De cualquier modo referirse al amanecer, tópicos aparte, supone construir un eufemismo. Unos tibios rayos de luz han bastado para obligarme a despegar los párpados y que mis pupilas contemplasen un rotundo calzoncillo, tendido en la caravana contigua, cuya holgura central daba fe de que su propietario era un sujeto de magníficas proporciones o que, careciendo de ellas, sabía suplir los huecos rellenándolos de tal modo que el uso deformaba el tejido.
De las novelas de Tolkien apenas se habla pero la película neozelandesa sobre sus escritos adquiere en el país rango de atracción turística. A las 8,30 estábamos más que dispuestos a salir con destino a Matamata, el pueblo más próximo a la granja Alexander, pero Lizla, la conductora que nos llevó a las localizaciones de la película, no apareció hasta las nueve menos diez. Además tenía aspecto de recién levantada del catre. Morena y legañosa, con las manos curtidas por las faenas del campo y la ganadería, se atusó la pelambrera y se subió de un manotazo el cuello del jersey, cuyo logotipo, bordado en letras amarillas, se descubrió entonces por completo. «Hobbiton», señalaba en su pechera.
Durante una hora de viaje, e intentando ir a cien por hora, en Nueva Zelanda —por lo que tengo comprobado— se cubren cincuenta o sesenta kilómetros, tal es el número de curvas y la complejidad orográfica. Así que llegamos con cierto retraso. Nos estaba aguardando otra furgoneta, de idénticas proporciones, en la que se acomodaban un par de recias alemanas y una pareja heterosexual, compuesta de neozelandés y coreana, que en su conjunto y a la canal rondaría una edad media próxima a la cincuentena. O lo que es lo mismo: casi como la mía. A las dos alemanas se las veía muy apasionadas con la visita. A la pareja exótica, y al mismo tiempo convencional, no sabría decirles qué tipo de emoción les embriagaba. Tal vez fuera simplemente la curiosidad. Quizá el mismo espíritu fisgón que me había empujado a mí a palpar las entrañas de un largometraje que no era, siendo sinceros, lo que yo interpretaba como el cénit del séptimo arte. Para establecer alguna analogía busque mi imagen reflejada en el retrovisor, pero tan sólo hallé las dos profundas ojeras de siempre y los sonrosados mofletes de Carolyne, que se cruzaron conmigo a lo largo y ancho del espejo.
Fue una visita curiosa en un paisaje enternecedor, coronado además en su regreso con una faena clásica en cualquier granja de ganado merino: el esquilaje de una oveja. Un sujeto silvestre, alto y musculoso, agarró una voluminosa hembra del redil, preparada a tal efecto, y la afeitó delante de nuestras jetas en un minuto ralo. Todo un récord olímpico. Culminó la tarea repartiendo biberones y soltando ante la concurrencia media docena de pimpantes corderillos, que buscaban la tetina con tal gana que resultó muy simple darles el desayuno. Semejante apetito transportó a los presentes hacia un estado de alborozo que colapsó en el arrobo, incluyendo a un servidor.
Antes de enviarnos de nuevo al camping nos obsequiaron con un café de orinal y unas pastas, echamos un pitillo y en la furgoneta caímos secos como dos enanitos del bosque. Dedicamos la tarde a explorar Rotorua desde lo más alto. Subimos a la «góndola», que es un calco de la telepamplina —la telecabina de Aramón— que cruzó el Ebro durante la Expo. La versión neozelandesa te sube al monte sobre el que se observa una panorámica del imponente lago que acoge en sus orillas a la ciudad y en cuya cumbre se observa la isla que tiene en el centro. Lo que en Rotorua denominan «Sky Line» alude en realidad a un parque de atracciones, donde la más destacada ejerce como catapulta. La peña se sube en una cesta, mediante una sirga la elevan cien metros del suelo y acto seguido la dejan caer a 190 kilómetros por hora, sensación que deja a los atrevidos usuarios completamente afónicos de la impresión. Y después les venden el video. La bajada del Sky Line fue un fiasco, porque la góndola de marras se estropeó durante nuestra merienda, representada por el habitual capuchino con muffins (las recias madalenas de las que he hablado ya en alguna que otra crónica). Nos bajaron de ocho en ocho hasta Rotorua por un sendero de pedruscos y debidamente apiñados en un monovolumen.
El resto de la jornada fue sorprendente, entre otras causas porque nos salió al paso y por casualidad el Kuirau Park, un parque kilométrico que abraza el casco urbano, pletórico de fumarolas, tuyas gigantescas y demás especies arbóreas de taxonomía incierta. Redujimos la visita a un par de horas, que empleamos en perdernos y explorar hirvientes agujeros. A las siete de la tarde y con el fresco que hacía, daba gusto cruzar los puentes y dejarse inundar por el vapor de agua que iba surgiendo de las profundidades de la tierra, esa tierra viva y negra que bulle bajo la ciudad entera y que de cuando en cuando se abre camino en cualquier domicilio para crear de repente un spa natural.
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AUCKLAND ZARAGOZA |
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