miércoles 4 de noviembre de 2009
Pirineo neozelandés, el paisaje de Mordor |
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Ha cambiado el paisaje. Escribo desde una amplia estancia repleta de fogones, donde los montañeros charlan amigablemente mientras llenan la panza. Por fortuna, no huele a pies. Veo cómo extienden sus mapas sobre las mesas, estudian recorridos y apuntan itinerarios en sus libretas para acometer con éxito la próxima jornada. Rodeados de altas cumbres, en el mismo corazón del Parque Nacional de Tongariro, mis narices están saturadas del absorbente olor a comida que se extiende por el campamento, similar a un refugio, cuyas instalaciones ofrecen a los amantes de la caminata unas aceptables comodidades. El aroma que despiden las cazuelas es tan contundente que despierta los jugos gástricos y se me hace la boca agua. En la crónica de ayer conté que nos habíamos quedado a dormir en la localidad de Taupo, en un camping que amaneció repleto de prepúberes, en su mayoría chavalas francesas pertenecientes a un enredo semejante al que se produce durante la Ruta Quetzal, sólo que su periplo se desarrolla por Oceanía. Los monitores daban una brasa insoportable a los campistas y ellas intentaban evaporarse de su control de una manera igualmente ruidosa. A eso de las diez de la noche sufrimos varias tracas de petardos y un par de centelleantes cohetes nos hicieron saltar del catre con el alma en un puño. El susto nos indujo a creer que las gentes de Taupo tenían ascendentes valencianos, pero fue un error. Las nenas sólo estaban dando la nota.
Escribo de estos asuntos porque, antes de llegar al refugio, estuvimos hablando con un tal McKanzie, cuya familia es oriunda de Milford Sound, maravilloso fiordo de la Isla del Sur que pretendemos visitar más adelante. Intercambiamos impresiones mientras aguardábamos la avioneta que nos iba a transportar por las magníficas cumbres de «Murdor» —paisaje de la película del Señor de los Anillos— que, al margen del cine, constituye el corazón del National Park of Tongariro. Habíamos oído hablar de sus volcanes, lagos azules y picos de 2.700 metros, halagos que despertaron nuestro interés por visitar tan agreste paraje. Temíamos dejarlo atrás, no tanto por las inclemencias del tiempo sino por el esfuerzo que supone explorarlo a pie. Admirar sus cumbres desde lo alto evitaría dedicar al recorrido varias jornadas de caminata. Os preguntaréis qué estábamos haciendo en un aeropuerto enano a orillas de una parque nacional. La respuesta es simple: ganar tiempo. Los kiwis —así se denominan sin prejuicio los lugareños— tienen tendencia a organizar las más variadas aventuras hasta el extremo de que si no existen se las inventan. No les falta imaginación y los vuelos escénicos son una lucrativa actividad turística para los patrocinadores. Aunque dispongas de casi un par de meses para visitar el país basta con echar un vistazo al mapa para comprender que es imposible abarcarlo por completo. Planeando el viaje tuvimos que elegir y en toda elección siempre desechas algo, algo que un vuelo de estas características puede ofrecerte. Existía además un incentivo: nunca me había subido a una avioneta. Ahora que ya no me sudaban las manos ni me daban ataques de pánico al montar en avión, ¿sería capaz de sobrevolar unos volcanes a golpe de hélice? Era cuestión de hacer números y que no salieran rosarios. El panorama en su conjunto, sin emprender todavía escaladas ni triturarse los gemelos pateando empinados caminos, es similar al del Pirineo. El río que rodea el sitio donde hemos aparcado esta noche la caravana me recuerda al Ara, en el Sobrarbe, sólo que hace cuarenta años, cuando la vegetación todavía era exuberante y no tan rala como la actual. Hemos tenido la oportunidad —antes de llegar al Parque— de hacer una visita a la ciudad de Taupo, donde habíamos dormido, aprovechando para hacer compra, cambiar divisas y visitar su impresionante lago. A sus orillas, semejantes a las de un mar, entablamos una amistad de lo más espontánea con una familia salvaje de cisnes negros. |
AUCKLAND ZARAGOZA |
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