martes 8 y miércoles 9 de diciembre de 2009
Explorando el paraíso
En Port Vila e Iririki
Probando el Kawa, buceando en aguas coralinas y navegando en canoa
 
 

  Amaneció en el paraíso a eso de las ocho. Me refiero a mi paraíso mental. Las gentes de Vanuatu circulan por la derecha, pero llevan horario anglosajón y hablan "vismala", un idioma que suena a mascar chiclé con fuerza pero sin entusiasmo, muy bajito, salvo cuando están contentos, que gritan y bailan. Les va el reagge, en plan Bob Marley. Así que el paraíso es una visión muy personal. El clima invita a no dar palo al agua, resulta complejo organizar excursiones y no abandonarse debajo de un cocotero a ver pasar la gente, que a su vez te observa mirar. Se está al quite. Amaneció a las ocho porque a esa hora es cuando se me despegaron las pestañas, en realidad a las cinoc y media ya comienza a clarear, y anochece sin embargo a las ocho de la tarde, no como en Nueva Zelanda. La peña no es tan tempranera ni se toma la vida con tanto estrés, al contrario, todo lleva su tiempo y nada corre tanta prisa como para ir perdiendo el culo. Es cuestión de acoplarse.

   

  Si vienes a Vanuatu a descansar todo funcionará correctamente y es en este plan en el que hemos venido. Salvo la jornada de mañana, que acudimos a visitar el volcán Yusuf, en la isla de Tanna, al que llaman también "el hombre viejo", y tenemos que coger un avión muy temprano, a las siete, el resto de nuestra estancia paradisíaca queda al albur de nuestros relojes biológicos. Ayer, estrenando la fabulosa cama con dosel, a la que accedes mediante unos escalones de madera, levantar las nalgas a las ocho no fue ningún desastre. Desayunamos con calma y tan rícamente nos fuimos a bucear por la isla de Iririki, donde estamos alojados. Las aguas eran claras, llenas de coralitos rotos en las proximidades de la costa y con peces de colores, trompetudos, en forma de media luna, a franjas azules y amarillentas, incluso de los que pasan desapercibidos gracias a un camuflaje perfecto, del color de la arena, tan sólo contemplable cuando se sienten descubiertos y salen pitando. No hay oleaje. En lugar del océano da la impresión de que te estás bañando en una laguna y el agua es cálida, no da ningún tembleque friolero meter las ancas en el mar y sumergirte en pleno diciembre hasta las caderas. Habíamos pillado gafas y unas aletas para escudriñar a conciencia las inmediaciones, de modo que fuimos a la otra punta, más rocosa, para tener una visión más delicada.

      

  Era la primera vez que buceaba en este plan, y mantenía las distancias con los peces, no fueran a meterme un bocado y tuviéramos que correr hacia el hospital más próximo, que lo mismo está en Australia. En las rocas, aparte de los cangrejos, se esconden muchos peces de todos los tamaños. Entendiendo por todos los tamaños desde la lonmgitud de mi dedo meñique, pasando por una uña hasta llegar a un brazo entero. Los más grandes, casi como mi muslo, eran verdes oscuros, con matices pistacho y cara de besugo. La nitidez del océano permitía que, sin bajar dos metros, pudieras contemplar corales en forma de cerebro, de bufanda o en amapola, donde se refugiaban los más pequeños. Los peces acudían al fondo a comer algo, nunca supe qué, incluso los había que tenían su casa allí, en una agujero, como si fuera una cueva. Nunca con tan poco esfuerzo había visto una fauna marina tan hermosa. No llevamos una cámara acuática esta vez, así que la imágen que he colgado bajo estas líneas está realizada desde la superficie, para que os hagáis una idea de la nitidez. Fue una mañana muy tranquila, donde nos fuimos tostando un poco, ya que el moreno que llevaré a casa es del estilo andamio y broncearse bajo la camisa en Nueva Zelanda no fue tan simple como en principio parecía. Aquí es sencillísimo. El llegada lluviosa del primer día, y la sensación de que en el segundo continuaría el mismo panorama, dio paso a una exigencia climática mucho menor. Nos importaba un pimiento que lloviera o no. Hoy, sin ir más lejos, estábamos tumbados en unas hamacas de la playa tomando el sol, y nos han caído encima dos chaparrones de pronto, sin comerlo ni beberlo, y nos ha importado un carajo. Aquí es así, resulta inútil pelear con la lluvia, incluso es de agradecer cuando sudas, es como una ducha que te regala el cielo, siempre y cuando no acabe creando un ciclón, claro, que no es el caso.

      

  Después de comer, bien entrada la tarde, estábamos espectantes con la ceremonia del kawa y el festín. La imaginación suele crear fantasmas, conviene, por lo tnto, mantener cierto escepticismo con las palabras hasta que no comprendes su verdadero significado. La ceremonia del kawa, en el lodge central de la isla, donde se realizan las comidas que, todo sea dicho de paso, es un lugar que me encanta, se redujo a la aparición de uno de los trabajadores de la isla, ataviado con los hábitos tradicionales, encendiendo las antorchas del recinto y llamando a los habitantes a tomar el kawa. Eran las seis de la tarde. Preparó a tal efecto un gran cuenco del líquido ocre, elaborado con las raices de la planta del kawa, un arbusto de Oceanía que, una vez alcanza el tamaño de una persona, ya puede ser arrancado para elaborar la pócima, muy común en las tradiciones de estos lares, y que se sirve con unos cocos, a modo de cuencos y a la vez de cucharas. Es difícil describir el sabor, áspero, como si chuparas las madera de un regaliz de palo. Los hay muy fuertes, que casi provocan arcadas tan sólo con olerlos, como los que se elaboran en la isla de Pentecostés, habitada por antiguos caníbales, cuyo último episodio macabro tuvo lugar a finales de los años 70. La mediana se trabaja en Tanna, la isla que veremos mañana, y la de Port Vila es la más suave. Las caras de la peña occidental que se iba dando un lingotazo indicaban que no iban a probar una segunda vez, como hicimos nosotros, y mucho menos de un sólo trago, que es la forma aconsejada por los lugareños a los neófitos, no vaya a ser que echen las papas. Yo me lo tragué de tres sorbos, pero no ocurrió nada después. Noté en los demás, tal vez con un temple distinto, que les daba por reírse. Tras el trago, en la mesa, había unas piezas de coco y sandía para aminorar el amargor. No es extraño que me diera por repetir, al observar que la kawa no producía ningún efecto de los esperados, tan sólo cierto adormecimiento de los morros, debido a la fuerza de la raíz. Especulé con la idea de que el kawa estuviera demasiado aguado para que los turistas no entraran en barrena... Tampoco Helena, mi compañera sentimental, experimentó efectos secundarios diferentes, salvo que el paladar y la garganta se le quedaron algo rasposos.

Pulsa en el cuadro que sostienen para ampliar

  El festín, o la idea que teníamos del festín, como si fuera algo propio del medievo, con cerdos dando vueltas ensartados en un palo y torrándose en una fogata, nos descubrió una mentalidad cocinera diferente, similar a la que contemplamos en Rotorua, al menos en cuanto a la forma, pero muy distante de la orgía culinaria que se había creado en nuestro subconsciente. La palabra festín, en Vanuatu, deviene de la cocción en piedra caliente. Nos mostraron el lugar donde se estaba preparando la comida, el rito de su elaboración y los preparativos que se requieren. Se crea un horno excavado en el suelo, se cubre de hojas de palmera y se cubre de piedras calientes. Pasadas varias horas, los alimentos enterrados se han cocinado a fuego lento, dando orígen al festín melanésico, tradicional en Nueva Zelanda y Vanuatu, así como en otras islas del Pacífico. El "festín" es un acontecimiento de carácter cultural, una costumbre heredada que se mantiene vive, no necesariamente una cuchipanda glotona donde comes hasta reventar. De hecho, y bajo esta mentalidad, habíamos hecho una comida frugal, no fuera que, tras la cena, sufriéramos una indigestión de aúpa. No fue para tanto. En cierto modo nos defraudó, por eso hablo de que conviene mantener a raya los a priori, sobre todo en zonas de pobreza, donde los manjares no tienen por qué abundar hasta el extremo de crear dispendios absurdos.

      

  Esa misma noche, mientras saboreábamos la comida, cerdo y rollitos de pescado, frutas -la piña por aquí no es comparable en sabor a la que tomamos en casa, la deja a la altura del barro- y otras delicias desconocidas, creadas en lechos de tubérculos, contemplamos con estupor que en la mesa más esquinada del lodge se estaba rodando una película, y, para colmo, española. Imaginamos que es una película, bien podría ser una serie tonta o un programa de perdidos en Vanuatu, quién sabe. Cuando uno se va a las Antípodas lo último que espera encontrarse allí es que están rodando en ellas alguna chorrada de Tele 5. .. Y con ese ánimo nos acostamos ayer. Esta mañana, el sol brillaba en el horizonte y, aunque llovía de cuando, el clima ha sido perfecto. Hemos ehcado un vistazo al mercado de artesanía de Port Vila, en la margen izquierda de la costa de Port Vila, donde nos hemos perdido hasta encontrar a una pintora local, Juliette, es su nombre artístico, a la que hemos adquirido una pieza elaborada en papel reciclado, extremadamente delicada, confiando que llegue en un estado al menos similar hasta Europa y que no se nos desintegre por el camino. Las telas en este país son precisosas, ricas en matices, al igual que sus máscaras y cesterías. Los lugareños visten sin prejuicios ropas restallantes, pitas y anaranjadas. Hemos terminado la mañana regalándonos unos batidos naturales de coco, chocolate y banana a orillas del mar, viendo pasar la gente. Y por la tarde, para ejercitar un poco los músculos, nos hemos recorrido en una canoa la isla de Iririki.

   

  Salvo a la hora de doblar los cabos, donde la corriente nos empujaba frontalmente hacia atrás, el resto de la travesía fue muy tranquila y sin sobresaltos. Nos sorprendió llevar el ritmo a compas, pues íbamos en un kayak para dos palistas, y aunque nos llenamos de agua hasta el colodrillo y estuvimos a punto de encallar en una vaguada lo cierto es que tuvimos suerte porque no nos llovió durante el trayecto. Ya me veía achicando agua en mitad del océano. Acabamos la jornada escuchando a un grupo de Nueva Caledonia, muy jovencito, de los que comienzan su andadura. Es lo que tiene Vanuatu, no sólo es mágica sino también simbolista. Y joven. Sus dibujos reflejan la simplicidad de la vida y representan lo obvio: mujeres, hombres y fortuna. La suerte, en forma de tritón o de lagartija, lo masculino -el delfín- y lo femenino, simbolizado en la tortuga, crean un espacio vital dominado por la naturaleza: conchas, colares, peces... Uno de los símbolos, que todavía no tengo calado, parece una especie de ojo e irrumpe en los dibujos sin ton ni son. Cuando averigüe su significado ya os lo contaré. Mañana es el día del volcán en erupción y, vaciando de cualquier contenido mis pensamientos, espero vivir también para contarlo.







AUCKLAND










 

ZARAGOZA





      Todo el Archivo de las Crónicas desde las Antípodas   |   Archivo de Artículos     
ampliar el cuadro