jueves 10 y viernes 11 de diciembre de 2009
En el cono del volcán Yusur
La isla de Tanna
Naturaleza y trueque. Saludos, sonrisas y machetes
 
 

    No es un país para niquitosos. Tampoco para los disminuidos físicos. Vanuatu es naturaleza pura, salvo en los núcleos urbanos, que enseguida comprendes que se reducen a la capital, y no a toda. La capital, que es un pueblo pequeño, vive der cara al mar, como en todas las islas salvo una, Tanna, el lugar donde fuimos el pasado jueves. Escribo el viernes, a las diez y media de la noche, mientras oigo los cánticos que me llegan desde la otra orilla del océano, en la isla de enfrente, la de Efate, donde se encuentra Port Vila. En su parlamento, esta mañana le montaban al presidente una moción de censura porque le han pillado en varios marrones económicos. No es la primera vez, así que hasta más allá de las Antípodas se cuecen las mismas habas políticas. En Nueva Zelanda, hasta en los retretes más recuéncanos, los más perdidos en tierras remotas, encontrabas un baño para personas con problemas físicos, lo que en Vanuatu resulta impensable. Sin emabrgo la vida es dura. Y cuando me refiero a la dureza de la existencia, no hablo de que sea dificil comer todos los días. Se vive en una economía de subsistencia. Basta con acercarse a un cocotero y pillar un coco, o llegar hasta donde haya mangos y hacerte con uno. La propiedad de la tierra es en Vanuatu una rareza. El gobierno del país vende algunas parcelas, y generalmente a los extranjeros, para que pongan algún negocio. El resto de la población, por lo que hemos podido leer, aspira a tener un arrendamiento por setenta y cinco años, que es la vida media de un cocotero. Si el cocotero todavía da de sí, puede ser arrendado por tus descendientes durante el mismo tiempo, y así hasta que se pudra, o plantes otro al lado. La vida es muy silvestre, pero mucho, fuera del ámbito de la capital. El turismo está, como quien dice, empezando por estos lares y los destrozos todavía no son cuantificables. El paraíso estriba en que se puede vivir sin trabajar, y cuando hablo de trabajar, me refiero a perder la vida echando ocho horas o más en un curro para que te den unos papelitos de colores con los que luego te compras un frigorífico u otros electrodomésticos. El confort, fuera de Port Vila, no es que sea un lujo, es que no existe.

  El jueves amaneció a las cuatro y media de la madrugada en Iririki. Eso supongo, porque a las cinco, cuando desayunamos, ya era de día. Cogimos la barcaza hasta el puerto y vino a recogernos, tarde, por supuesto, un Charlie Taxi para llevarnos al aeropuerto, donde nos disponíamos a realizar un vuelo "doméstico" hasta la isla de Tanna, a cuarenta minutos de Efane. La diferencia entre un vuelo interno y otro internacional, en Vanuatu, es que no te ponen un kiosquillo para los pasaportes. Tampoco te baila nadie mientras los funcionarios te cotillean el pasaporte. El "chek in" se reduce a comprobar que has pagado el billete, te colocan un papelillo adhesivo en la mochila y te extienden una entrada (a boligrafo) para que pases al avión, que es una avioneta gorda, donde caben 75 personas. y hasta sobran asientos, de modo que le piden al pasaje que se vaya acomodando para equilibrar el peso mejor. Incluso te ofrecen un zumo de naranja de bote y un caramelillo del estilo Viuda de Solano. El despegue y el aterrizaje son algo movidillos, por el montón de nubes que rodean las islas, y entre Efate y Tanna, aparte de unos cuantos peñotes, atraviesas la isla de Erromango, que sólo pudimos vislumbrar en el trayecto de vuelta. Al llegar a Tanna, entendimos que lo urbano se reducía a l as instalaciones del aeropuerto, similares a las que se encuentran en la Europa más rural, pero refiriéndonos a las de autobús. Para ir de una isla a otra, en este país se utilizan barcos, raramente el avión, que hace las veces de bus pero cuyo precio, a no ser que esté subvencionado para los lugareños, escapa a sus bolsillos.

      

  A la salida, apoyado en su cuatro por cuatro ranchera, nos aguardaba Lui, de 38 años, el guía que habíamos contratado para conducirnos hasta el volcán Yasur, que está a 42 kms al Este del aeropuerto de Imanaka. El guía, con gafas de sol y bigote, de tez morena, como la mayor parte de los vanuatinos, habla cinco idiomas. El inglés, que humildemente afirma hablar lo justo para entenderse con los turistas, el bismala y los tres idiomas que se hablan en Tanna, del oeste, del medio y del sur. Seguramente tendrçan nombre, pero no los dijo. Una vez dentro del vehículo, y al salir del aeródromo -creo que es más correcto calificar así al aeropuerto- entramos en una carretera de piedras y se nos vinieron encima una manada de caballos semisalvajes. Dos de ellos frenaron en seco a nuestro paso, de los cuales aún pudimos tomar una instantánea, y el resto salió de estampida rumbo a la charca de la cuneta opuesta para abrevar tranquilamente. Según nos contó Lui, la manada es libre tras el abandono de los misioneros, cuando se produjo la idependencia del país -más o menos-, que roturaron las tierras y trajeron estos animales, y que, al irse, lo dejaron todo hecho unos zorros. La presencia de las iglesias, baptistas, adventistas y demás ralea, es muy clara en Vanuatu. Incluso en Tanna, según atravesamos la isla, era común apreciar sus chozas dedicadas al culto, lugares donde les comen el tarro a los indígenas y los ponen a funcionar, supongo que en beneficio propio, como hacen todas las iglesias que se precien. Lui nos condujo al resort de Tanna, donde nos acogieron durante media hora, para que soltáramos la vegija y tomásemos un zumito de bienvenida, y acto seguido tomamos de nuevo el 4x4. Nos quedaban casi dos horas hasta el volcán, de modo que no podíamos perder el tiempo en contemplar la reserva de tortugas, donde los bebés, una vez fuera del huevo, corretean hasta la playa y se zambullen en las aguas del océano. No se puede ver todo el país, y menos en seis días. No es tampoco nuestro interés. Sabíamos de ante mano que aquí no veníamos a otra cosa que a descansar, que el viaje primordial era Nueva Zelanda, aunque, una vez sobre el terreno no pudiéramos sustraernos al menos a llegar hasta Tanna para contemplar uno de los volcanes en activo más accesibles del planeta. Vanuatu, como tantos países del Pacífico, merecen un viaje personalizado. Quién sabe cuándo ni cómo. Esta vez, lo máximo que podemos pertirnos es simplemente dar un garbeo, tantear el terreno. Alucinar con lo que nos estamos topando y, en el peor de los casos, darnos cuenta de lo que nos estamos perdiendo. Es lo que hay. El viaje termina el domingo, y lo que no está planeado es ya muy difícil de apañar. Atravesando la isla de Tanna por el Middlebush, desde el mirador de Waterfall a Lamnatu, nos dimos cuenta de que el camino se volvía cada vez más intrincado, que las aldeas se esparcían a ambos lados de la tierra, mal empedrada por las lluvias, que deterioran la conducción hasta emplear la tracción a las cuatro ruedas en buena parte del trayecto.

      

  A una velocidad de caracol, dando botes y tumbos, salían a nuestro encuentro los lugareños, saludando a su inmensa mayoría, en cuyos semblantes surgía de manera espontánea una sonrisa. Las escuelas primarias inglesas y francesas, por el antiguo condominio que colonizó las Vauatu, surgían en las zonas habitadas más pobladas, donde era fácil contemplar los totems melanesios a su entrada, tallados en un tronco de madera de palma, que recibe un baño de fuego al terminar, quedando así ennegrecidas. En algún punto del trayecto dejamos la pista, o el camino principal, y llegamos hasta Lenakel, donde hay una entidad financiera, un mercado y algunas tiendas, todo de carácter humilde. En los senderos nos topábamos siempre con gentes llevando comida a sus espaldas, asomada para vernos pasar y caminando. Las escuelas, por lo general, distan entre siete u ocho kilómetros de la aldea más próxima, y los chiquillos se pierden por el camino, y no es que no lo conozcan. En media de una jungla espesa siempre encuentran algo mejor que hacer. Es habitual el uso del machete para abrirse camino entre la espesura, pero al no estar acostumbrado a ver estas herramientas reconozco que me imponían cierto respeto. No deja de ser inquietante que te sonrían y te saluden afablemente con una mano mientras en la otra llevan un machete descomunal. De tanto saludar, llega un momento en que te sientes como el Papa. Comprendes que las iglesias se hayan podido hacer un hueco en la mentalidad de esta gente, que todavía espera una especie de llegada de un "salvador" o algo así, un individuo tras el cual llegará una época de florecimiento económico. Hay de hecho una secta en Tanna que adora a un tal John no sé cuántos, ya fallecido, porque dijo que tarde o temprano vendría un salvador y llegaría el florecimiento. Tras la segunda guerra mundial, debieron aparecer unos negros americanos en la isla repartiendo cigarros y alimentos, de modo que, aunque había muero el tal John, decidieron adorarlo. Llegaron na creer que su tumba estñá precisamente en el volcán Yusur, el que nos disponíamos a subir ese mismo día y al que sus seguidores suben habitualmente por su cresta más chunga, en fila india, para celebrar su profecía. Hay gente para todo.

   

  En la zona de Lemakel, Imakel y Bethel, contemplamos más de cerca la chozas de palma trenzada, preparadas para la lluvia y vimos bañarse alegremente a los chavales en la playa y luego cambió de nuevo Lui el recorrido para aproximarse por senderos que ni siquiera aparecen en las guías hasta las proximidades de Imayo. Llega un instante en que la pendiente es tan pronunciada que, sin la ayuda de un tramo encementado, no hubiésemos tenido acceso hasta el volcán. El waterfall de Imayo presenta unas vistas impactantes de la isla de Tanna, imposibles de contemplar desde ningún otro ángulo, admirando desde allí la inmensidad de la jungla salvaje que nos rodeaba por todas partes y el fondo de la costa Este, virginal, poderosa frente al Pacífico. Enmudece la pequeñez que se siente ante un paisaje de semejante envergadura. Al salvar el tramo, encuentras una imagen igualmente fuerte, la del paraje selvático que rodea al volcan Yusur, humeante en la lejanía. Reconozco que hasta entonces, había realizado el trayecto como en estado de trance. No estoy habituado, ni siquiera durante el viaje a Iquitos, en la Amazonia peruana, a ver aldeas empalmeradas, con plataneros, nutridas de verdor selvático y gente que te sonríe machete en mano durante horas, pero al presenciar la inmensidad de dónde te encuentras, estando como estás absolutamente tirado en una isla perdida en los confines del mundo, te quedas boquiabierto, embelesado por la maraña de naturaleza que te envuelve. Piensas que, si al guía, en ese preciso instante le da un pálpito y se queda seco, no duras allí ni veinte minutos vivo. El guía, tal es su profesión, se ha hecho este mismo camino unas setecientas veces a lo largo de su vida, lo mismo de día que de noche, porque el volcán, en nocturnidad, es mucho más alucinante que de día. Me imaginé atravesando aquella naturaleza desbordante en pleno anochecer, y se me pudieron los pelos de punta. Si daba canguelo ir por allí en plena mañana, ¿qué ocurriría a oscuras, sin otra luz que la del propio vehículo en kilómetros a la redonda?

   

  Lo desconozco. Sólo puedo imaginarlo. Hemos visto fotos del Yusur realizadas por la noche y son magníficas. No llevamos una máquina fotográfica capaz de captar con precisión unas instantáneas semejantes, pero sólo estar allí, y ver la lava nocturna con más claridad, habría sido un espectáculo tal vez más sobrecogedor de lo que ya fue. Pero lo que es seguro: nos habríamos perdido el recorrido de las aldeas y la visión panorámica de la isla desde el Imayo. Después de atravesarlo, y terminar el cemento escaso que permitía cruzar al otro lado para tomar el sendero del volcán, entramos en un camino de ceniza apisonada hasta el Lago. El Lago Isiwi Luan ya no existe. Se evaporó con la última gran explosión del Yusur, hace una década, cuando se llenó de meteoritos todo el valle. Sólo queda en su recuerdo una gran hondonada, entre Tapau y Manuaten, llena de vetas y lascas por donde se cruza hasta las mismas faldas del volcán, en la penúltima instantánea de esta crónica. Es auténticamente lunar a partir de este punto el pasiaje que rodea al volcán, pero Lui nos va conduciendo através de una linea imaginaria hasta más allá de sus faldas, donde vuelve a comenzar otro sendero y con él la vegetación y las aldeas de la isla de Tanna, hasta que, en una bifurcación, nos topamos con una especie de mostrador (apenas tres tablas) donde toman nota del número de personas que nos disponemos a ascender al Yusur por su vertiente más sencilla: dos, más el guía. El sendero se abre camino de nuevo entre la jungla hasta llegar exactamente a unos cien metros de la cumbre de este pico, que no tendrá más de 360 metros, y que sin embargo corresponde a un volcán de carácter estromboliano. Aún en ignición. Existen cinco fases de peligrosidad, siendo la última de ellas prohibida al visitante, porque llueven pedruscos de lava ardiendo por encima de sus cabezas. Fuimos en fase 2. Lo que significa que se escuchan grandes explosiones alrededor delcono volcánico, emergen piedras de considerable tamaño de su interior, se ve correr la lava en sus extremos y salir el humo espeso de su garganta. Una vez fuera del vehículo, fuimos siguiendo los pasos de Lui, que iba en chanclas, como si estuviera en su casa.

      

  A nuestro alrededor había miles de pedazos de lava negra y encarnada enterrados entre las cenizas y a medida que íbamos ascendiendo los cien metros que separaban al 4x4 de la cima del volcán, escuchábamos los bombazos que emergían del cono. El espectáculo, una vez en la cima, era desolador. Una densa columna de humo negro emergía del cráter central , cubriendo el horizonte del océano, que se atisbaba a ambos lados, donde surgía de nuevo la jungla melanesia, tropical y húmeda en toda su exuberancia. En la mandíbula del cráter, bajo nuestros pies, se extendían unas encías negras, escabrosas, de lava apelmazada por años de erupción, entretejida sobre sí misma. Era el vacío más profundo y sin embargo más candente el que, con solo dar un paso adelante, podía cocerte como un panecillo en cuestión de segundos. De modo que guardé una distancia prudencial, tal era el vértigo que me producía acercarme, sin ninguna barandilla, a semejente monstruosidad. De una belleza hipnótica, el Yusur, de cuando en cuando, y sin precisión alguna, dejaba escapar un bombazo contundente, al que seguía una tralla de rocas que surgían desde sus profundidades, hasta alcanzar la vista. No recuerdo el rato que estuvimos mirando. Jamás había visto nada igual, así que no me preocupé de echar un vistazo al reloj. Estás ante un fenómeno imprevisible. Desconoces lo que puede ocurrir al segundo siguiente. No sabes si, por una casualidad, lloverá y todo el panorama se cubrirá de una niebla espesa, cegando cualquier mirada. No sabes si, de pronto, se producirá un petardazo mayúsculo, de los que hacen temblar el suelo bajo tus pies, y se desmoronará sobre el cráter el mismo trozo de tierra que estás pisando hasta llevársete contigo hasta el fondo del abismo. Estás inquieto. Impaciente. El pulso se te acelera. Simplemente estás ahí. Esperando. Aguardando. De repente notas que algo va a ocurrir y, cuando tu cerebro lo siente ya es demasiado tarde, porque estalla desde las profundidades un nuevo bombazo y salta frente a tus ojos un pedazo del vientre del mismo monstruo que miras: un saco de piedras incandescentes, un lecho vaporoso de lava, que se derrumba sobre sí mismo hasta desaparecer otra vez en sus entrañas.

      

  Ya de regreso, tras comentar entre nosotros lo que habíamos visto y tomar un almuerzo en el propio vehículo, comenzó a llover. Apenas duró el agua unos cuantos minutos y desde el coche escuchamos varias explosiones con nitidez pasmosa, lo que daba a entender la envergadura telúrica del volcán. Contemplamos el buzón de correos, que las gentes de Vanuatu han colocado a las faldas del Yusur, para enviar desde allí las postales desde el único buzón que existe en el mundo en las lomas de un volcán en activo, y después de hacer nuestras necesidades en un váter genuino, emprendimos el viaje de vuelta al aeropuerto. Lui nos condujo por un camino distinto, para que apreciéramos otra zona de la isla, y al llegar a las inmediaciones del White Grass Plains, hicimos un receso para tomar un café de Tanna, que es uno de los más fuertes de las islas. Allí nos salió al encuentro un tonto del haba, que se dedica a ejercer de agente turístico en la zona, y que pretendía decirnos cómo nos debíamos de haber montado el viaje por Vanuatu. Supongo que este tipo de sujetos son los que, con el tiempo y una caña, convierten un paraíso en un bodrio semejante a Lloret, de modo que no le prestamos excesiva atención pese a su indeseable persistencia. Llegamos de nuevo a Port Vila con casi una hora de retraso y el día siguiente, el de hoy, cuando escribo estas líneas, lo hemos dedicado atomar el sol en las calas de Iririki (la isla que muestro debajo, frente a la capital, en la foto que tomamos durante el vuelo de regreso). Nunca hubiéramos pensado que iba a cansar tanto el realizar un viaje al volcán activo más accesible del mundo. Igual es que ya llevamos mucho viaje a nuestras espaldas...

AUCKLAND

 

ZARAGOZA






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