martes 1 de diciembre de 2009
De saltarse las lágrimas El archipiélago de Bay of Islands Paihia, Russell y Hole in the Rock. El Tratado de Waitangi. Desde Matauri Bay a la Bahía de Taupo por Wainui y Whangaroa |
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Salimos de Paihia en un Ferry de los Fullers, que denominamos fuleros para entendernos, porque parecen una especie de empresa grande dedicada a hacer transportes turísticos en toda Nueva Zelanda y llevan un marchamo de fábrica. Como ya nos hemos montado más de doce veces en barcos, en lo que va de viaje por las Antípodas, es difícil que nos dé un vahído o caigamos redondos por la borda. Así que, si en lagún momento tarda en llegar esta crónica hasta vosotros no es una cuestión preocupante. Siguiendo el refrán: el que mucho abarca poco aprieta. Serían las nueve de la mañana cuando estábamos en el muelle. Hacía un tiempo agradable hasta que nois aproximamos al agua, donde corría un bris de cortar el cutis. Menos mal que en cuestión de minutos se llenó de alemanes y entramos en calor. Estuvimos dudando si montarnos en el "Excitor", la jornada anterior, o hacer el alegre crucerillo por las más de cuarenta islas y peñotes, rocas y arrecifes, que pueblan lo que denominan muy obviamente los neozelandeses Bay of Islands. Las gentes del "Excitor" nos parecieron unos macarrillas del mar, porque zarpaban con una fuera borda, te colgaban al cuello un salvavidas y salías a toda pastilla rumbo al Hole in the Rock a ritmo de Rock. Es decir, con unos altavoces atronadores chillando en tus orejas por aquello de dar ambiente, como si el paisaje -bien hermoso de por sí- necesitase alguna tilde, aunque fuera decibélica. Optamos pues por el crucero modelo +65. Tercera edad.
Comenzó el baile de islas llegando a la península de enfrente, aprovechando el viaje para ejercer al mismo tiempo de ferry, dejando en la localidad vecina de Russell a unos cuantos pasajeros y recogiendo a otra mesnada de alemanes y una pequeña recua de franceses. Acto seguido cruzamos al otro lado de la Bahía, como si retrocediéramos unos cuantos nudos marineros a estribor, llegando a Moturoa y encontrandonos de paso con los Black Rocks, un puñado de rocas en el agua. La travesía, frente al número del pasaje, bastante y dispuesto a fotografiar cualquier sandez que apareciera en lontananza, vimos las Te Pahi islands y el Marsden Cross saliendo hacia las Motuarohia, las Moturua y Motukiekie. Todas las islas y roques se caracterizan por una fronda contundente, de un verde poderoso y agitadas su costas por un oleaje sabrosón, de los que privan en las revistas de viajes. A medida que el barco se iba adentrando en las costas, el capitán nos iba dando la charleta -algo muy habitual por estos lares- y una fotógrafa profesional tomaba instantáneas de los pasajeros para intentar colarles luego las fotos. Abstrayéndonos del guirigay, podemos apreciar que los delfines, en algunos momentos, competían con el barco a la carrera y que, cuando paraba los motores, para que todos pudiéramos contemplarlos a placer, se aburrían los bichos una barbaridad y se daban el piro. Los delfines suelen ser sociables, pero si se aburren se largan. Son muy exigentes.
De la misma manera que en Islandia hay cascadas y cataratas por todas partes, hasta el punto de que cualquier otra que veas a partir de entonces puede parecerte una birria, en Nueva Zelanda las gamas del verde son interminables, los paisajes de belleza sin parangón entran con facilidad en el clásico círculo del marco incomparable, y llega un momento en que no sabes qué diablos has hecho para merecer semejante chorreo de hermosura y estás a un tris de que se te salten las lágrimas. Bay of Islands es ya el precipicio del encanto y todo lo que vino después, desde las playas y calas de la costa de Oteroa hasta Matauri Bay me provocaban un continuo derrame de endorfinas sumergiéndome en un éxtasis que ni el conseguido por santa Teresa de Jesús a fuerzza de darle al cornezuelo del centeno (vulgo LSD). El capitán, una mezcla de asiático y maorí, nos condujo a la isla de Urupukapuka, en la bahía de Otehei, para que moviéramos un poco las nalgas y en lugar de hacer ejercicio me tumbó en una bancada y estuve tomando el sol como un gorrión, hasta que volvió el barco a recogernos. En el váter me di cuenta de que las patas de gallo, por no ponerme las gafas de sol -no mola llevar dos gafas a la vez, cuando hay que leer algo o llevarse un cacho de melón australiano a los morros, resultan muy necesarias- estaban dibujadas en mi jeta a tiralineas, para mayor asombro cosmético. Un horror, vamos.
El éxtasis de la travesía se produjo de todas formas al llegar al Hole in the Rock, en la foto superior, una gruta con salida en la isla de Motukokako, donde -en una proeza marítima, el capitán condujo el barco entero por la cueva y salimos indemnes al otro lado. Visto que no habíamos perforado la quilla contra las rocas, repitió de nuevo el episodio e incluso reculó, llevando la popa a la entrada de la galería para que los torpes, los que no habían roto la cámara de tanto fotografiar los pedruscos, pudieran retratarse en el agujero. Un auténtico derroche. En ese instante recuerdo que Helena y un servidor nos congratulamos de no haber contratado los servicios del "Excitor". Ya era suficiente alegría turística ver el Hole in the Rock de estas maneras como para haber entrado aullando al ritmo de Sex Pistols, o quién sabe quién, en semejante paraíso natural. Los neozelandeses son así.Les encanta dar la nota, hacer cosas recuéncanas o montarse juegos de riesgo -siempre calculado-, de modo que entendimos que, para sacarse el titulín de capitán de barco en Bay of Islands lo mismo tienes que pasar la prueba de atravesar el Hole in the Rock. No se comprende, a sensu contrario, cómo es posible tanta pericia en la navegación.
El regreso al puerto de Paihia fue más rápido de lo esperado. No nos repitieron de nuevo la charleta, las paradas y los encuentros con los delfines, en la calidad está el gusto, y al hacer parada en Russell uno de los alemanes se fue a echar un pitillo a puerto y perdió el barco, así que tuvimos que regresar para recogerle. Recuerdo que le costó subir, de tan colorado como estaba el hombre. Una vez en el coche comprendimos que los aparcamientos en Nueva Zelanda, donde te anuncian que sólo puedes estacionar desde los clásicos cinco minutos hasta las dos horas, en realidad son papel mojado. Rara es la vez que hemos visto a la policía revisar los párking. Tampoco faltaba nada del maletero. Es costumbre por aquí que alguien te diga: "nunca se sabe quién puede merodear por aquí", refiriéndose a que recojas tus enseres y cierres bien las puertas. Ni siquiera en Christchurch, donde le mangaron al yanqui que nos encontramos en el encuentro con las focas su camara de novecientos dólares, sufrimos mangancias. Crucemos los dedos.
Tras salir del ferry, cogimos el coche y nos acercamos hasta Whatangui, que está a un paso de Paihia. Teníamos curiosidad por conocer lo que aquí se denomina como Tratado y que en realidad fue una especie de rendición más o menos controlada de los maoríes ante los británicos. Estamos cerca del Northland, la tierra tribal, la zona más maorí de Nueva Zelanda, o al menos donde su presencia es más contundente. No fue sencillo, pese a la diferencia armamentística (la pala de la foto de abajo es un arma que, como mucho, puede saltarte un diente frente a los cañones europeos de entonces) colonizar las tribus que habitaban Nueva Zelanda. De ahí que se llegara a un acuerdo. Y el acuerdo es lo que se celebre -a 20 dólares la entrada- en el recinto de Whatangi. A mi nulo gusto, es interesante las Pa maoríes frente a las casa británicas. Aquí parece al revés, se le presta mucha atención a lo inglés, incluso en los jardines que rodean el edificio, y sin embargo el encanto del palacio contiguo a la casa británica -era una reina la que lo habitaba- es absoluto. También puede apreciarse una canoa ceremonial en dicho recinto, que sale de cuando en cuando por el río, con todos sus remeros abordo, para el deleite de los turistas.
La canoa tiene más de cuarenta metros, y está coronada por unas filigranas en madera de kauri, cuyo tronco base todavía se conserva a la entrada para que nos hagamos una idea de las dimensiones del árbol que se empleó en su construcción. Vimos una familia numerosa de California Quail, que son como los faisanes que conocemos, sólo que más pequeños, con una docena de pollos correteando alrededor de sus papis. La fauna y la flora del recinto de Whatangi se respeta y protege al máximo, por eso es fácil encontrar aves de todo tipo por allí, además de costas impolutas y floresta bien nutrida. Y eso que están haciendo obras para ampliar el complejo, porque el turismo no da abasto.
Más tarde hicimos la clásica visita a las cascadas de Hurari, que están a cuatro kilómetros escasos en la localidad que les presta el nombre, y después remontamos la costa por Oteroa hasta Mataury Bay, donde los franceses reventaron hace una década el Rainbow Warrior, el buque insignia de los ecologistas de Greenpeace. En lo alto de una montaña, los neozelandeses recuerdan el atentado de los servicios secretos franceses contra esta asociación, donde han creado todo un memorial. A nosotros nos puede resultar chocante, pero es que los neozelandeses, a parte de habitar un país muy joven en historia, son muy conservacionistas de la naturaleza, y vivieron aquel episodio como un conflicto grave de carácter internacional. Todo este asunto no quita para que las playas fuesen apoteósicas, desde Wainui hasta Whangaroa llegando a Taupo Bay, donde hicimos noche. Poco menos que fuimos los únicos huéspedes, salvo dos parejas de franceses, en ocupar el cámping de la localidad.
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AUCKLAND
ZARAGOZA
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