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jueves 26 de noviembre de 2009
Cronocentrismo
por Patricia Mateo |
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Sólo existes si te nombro. Si te nombro es porque en algún momento te he pensado. De qué modo y en qué términos, ese es otro tema. Hay preguntas que no están a la altura de sus respuestas y preguntas que no requieren de respuestas. Retórica, palabrería, manipulación, discursos: poder y control. Te estoy nombrando. Te estoy nominando. En esta tarde en la que podría estar en cualquier otro lugar y haciendo cualquier otra cosa, me siento para escribirte y liberar así mi garganta, un lugar en el que no mereces estar. Lo que pienso sobre muchos otros, también lo pienso sobre ti. Te convierto hoy en chivo espiatorio de los que son como tú. ¿Te darás por aludido? ¿Alguien te contará que he escrito sobre ti? ¿Alguien se dará cuenta de cómo eres? CRONOCENTRISMO y entono el mea culpa antes de empezar, porque yo, desde luego, no creo estar exenta de algún que otro –centrismo. Dónde y cuándo estoy situada. Quién habla. Que no es lo mismo si escribo desde el norte o desde el sur, si soy hombre o mujer, si soy heterosexual o lesbiana, si de derechas o izquierdas, si escribo en mi lengua materna o en otra cualquiera. Estas palabras (como la mayor parte de las palabras) llevan implícitas ideas preconcebidas y estereotipos. Están cargadas de estigmas. No son neutras las palabras, no significan lo mismo para todas las personas. El concepto lesbiana significa no sólo una mujer que ama o desea (que puede amar y desear) a otra mujer. Para mí es una forma de vida, un método de sabotaje al patriarcado, una fuente de felicidad. Pero quizá para ti signifique la aberración y aquello que es contranatural (la naturaleza, adelanto, esta sobrevalorada y sobreinvocada). Así, el significado de cada palabra debería ser discutido en todo acto comunicativo, para saber de este modo con quién estamos hablando. La lesbiana es para algunas personas un término que designa una patología que debe ser tratada. Sí, todavía hay quien cree que se trata de una enfermedad. No te escandalices. Era así hasta hace más bien poco y el principio de autoridad funciona cuando hablamos de medicina. Afortunadamente ahora y aquí estamos en la posesión de la verdad y estas cosas han sido aclaradas. Afortunadamente vivimos en un lugar y en un tiempo en el que tenemos la verdad sobre todo. Ya sabemos que la tierra es redonda (aunque achatada por los polos). No es que sea mi prioridad en la actualidad, pero no cejaré en mi empeño de criticar duramente la práctica psiquiátrica. Escribía hace unos días sobre el opinador compulsivo (que todo sea dicho de paso, lo sigue siendo) y para justificar mis ideas y mi compromiso con este tema, aclararé que fue mi propia experiencia con la psiquiatría la que me llevó a reflexionar y opinar sobre el asunto. No estudié psiquiatría ni psicología. Mi acercamiento a este ámbito fue como paciente-cliente. ¡Tiemblen todos! ¡Están leyendo a una loca! El discurso psiquiátrico, a diferencia del discurso médico, lleva mucho tiempo en la calle. Algunas consecuencias: términos que designan supuestas enfermedades son usados para insultar. Esquizofrénico, loco, histérico, maniaco, paranoide… No escucharemos a nadie insultar con otros términos médicos como canceroso o cardiaco(ejemplos de Zafirian en Los jardineros de la locura) . Por otra parte, la gente se ha hecho adicta a la patología mental. Se demandan más términos, se crean más trastornos y parece ser una espiral que no se detiene. Algunas reflexiones me llamaron mucho la atención en la conferencia de ayer, impartida por el filósofo y especialista en Foucault, Miguel Morey. Por ejemplo, la incongruencia del concepto enfermedad mental. Humildemente y con pocos recursos rebatía yo a mi psiquiatra la conveniencia de hablar en términos absolutos sobre la cronicidad de ciertas patologías mentales. ¿Cómo podéis saberlo, afirmarlo con tanta contundencia? Con fundamento se razonaba ayer acerca de la imposibilidad de acercarse a la mente empíricamente para extraer datos reales-fiables-científicos que puedan ser susceptibles de estudio. La medicina se acercará al cuerpo, plenamente legitimada para ello. Pero, ¿no debería ser la filosofía la que se acercase a la mente, a la razón y a la “sin-razón”, al pensamiento y sus caminos? “La gestión de las mutiplicidades humanas” me lleva a considerar el modo uniforme, gris y estricto que tiene la psiquiatría para intentar normativizar al individuo. No hay lugar para las diferencias y esto ocurre en otros muchos ámbitos de la vida. No es fácil ser el rarito o la rarita de turno. No gustan las personas que se hacen demasiadas preguntas, las que se replantean el orden establecido (que no natural) de las cosas. Se pretende espaciotemporalizar al individuo, prepararlo para ser normal, para ser trabajador y, sobre todo, consumidor. No gusta el comunismo ni gusta la anarquía. Y la psiquiatría sigue siendo un instrumento más en las manos del poder. Una forma de ejercer control, de reprender al diferente, de castigar al inadaptado. En su burbuja queda poco espacio para el discurso antipsiquiátrico de pensadores como el doctor Thomas Szasz. En mi experiencia como paciente-cliente observé cómo mis preguntas –el hecho en sí de hacérmelas– sobre la vida y la existencia, sobre la sexualidad y el género servían para escribir en un informe que yo tenía una actitud inadaptada, que dudaba sobre cuestiones básicas y fundamentales sobre mi persona. Primero fueron las brujas, luego las histéricas, ahora es el trastorno límite de la personalidad. El malestar de género, el problema sin nombre de Betty Friedan (formulado en los años 60) sigue siendo patologizado. Sigue sin verse como un problema colectivo, como un malestar general. Quise en su día darles voz a muchas personas que fueron ingresadas en plantas de salud mental. Se les niega demasiadas veces el derecho a comunicarse y a existir (los opinadores compulsivos les incitan a querer ocultarse). Hablé con ellas y ellos, les escuché. Primero como una más, después como alguien que había pasado por allí. Me di cuenta con el tiempo que el discurso psiquiátrico había calado en ellas, ellos y en mí negativamente. Me prohibía a mí misma sentir, dudar, oscilar, tener un mal día. Me pusieron el uniforme de la normatividad y ahora quiero protestar. Quiero seguir hablando y opinando, criticando y cuestionando todos aquellos discursos rígidos que nos ponen un corsé demasiado ajustado, que no nos permiten exprimir la potencialidad de nuestro propio ser, experimentar con las posibilidades que la vida nos ofrece. La sin razón sólo puede ser entendida como oposición a una razón establecida y pre-dada, que nos antecede en el tiempo, que no hemos escogido. Decía Foucault que “nunca hay locura más que por referencia a una razón”. Más filosofía y menos psiquiatría, más lingüística y menos psiquiatría. Mentes más abiertas a la diferencia ajena y a nuestras propias diferencias. Menos miedo a lo desconocido y a quienes se expresan de un modo diferente. Quiero ser una mujer con inquietudes y dudas, con días buenos y malos, con más dudas que certezas, con más vida sana y menos pastillas para adormecer mis neuronas. Construiré yo mi vida del modo que más me convenza, sabiendo que puedo equivocarme en cualquier momento. No es necesario ser una artista para huir del estigma de la locura. Y si tú, opinador compulsivo, consideras saber mucho sobre cualquier cosa que es ajena a ti, adelante, sigue opinando. Yo, personalmente, no tengo ninguna intención de darle demasiada importancia a tus palabras. Se las llevará el cierzo. |
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