martes 3 de noviembre de 2009
«Bungy jumping» |
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Mi compañera sentimental tuvo ayer una pesadilla. Un sujeto desconocido, y al parecer con maléficos propósitos, rociaba una de las ruedas de nuestra caravana —o furgoneta, más bien— mediante un espray, aplicando en las llantas un líquido transparente. Al principio pensé que un sueño de tal guisa sería fruto de los nervios. El salto que estaba dispuesta a realizar hoy, lo que los neozelandeses denominan «bungy jumping», de no llegar a nuestro destino jamás llegaría a producirse. Supuse que una mano mágica estaría hurgando en las profundidades de su subconsciente para impedir que diese el brinco, pero ciertos sueños son tan suspicaces que, ni asistiendo en directo y de madrugada a la narración involuntaria de las pesadillas, consigues interpretarlas con acierto. Reconozco que fallo más que una escopeta de feria, aunque debo apuntar en mis haberes que el viento neozelandés, que se pasó toda la noche zarandeando nuestro domicilio portátil, y cuya fuerza no tiene nada que envidiar a la del cierzo, mantuvo mi cerebro ocupado en plegarias de distinta naturaleza. Como el aire construye sobre nuestras cabezas giros impredecibles, me veía volando sobre el camping en un torbellino de tiendas, coches y caravanas, proyectados contra la noche en un amasijo de hierros tan enorme que de no remitir a tiempo acabaríamos todos durmiendo en cualquiera de los pozos humeantes que pueblan la ciudad. Recuerdo que en uno de los bandazos llegué a creer incluso que el extraño individuo que aparecía en el sueño de mi compañera sentimental no era otro que yo, o una traslación de mi pánico a salir despedidos con el huracán, y que de forma incomprensible a la lógica probablemente habría pasado la noche entera intentando adherir los neumáticos de la furgoneta a la hierba mediante un poderoso pegamento de contacto. Lo cierto es que al amanecer, ojeroso y frío de un nublado despertar, ni se me ha ocurrido hablar con ella sobre estas conjeturas. Hemos estado ganduleando hasta las ocho y media y al final no hemos tenido otro remedio que meternos prisa para abandonar la plaza del camping a su hora, no más de las diez.
Al salir de Rotorua, paradojas de la vida, se levantó el sol en el horizonte hasta hacernos sudar la gota gorda. El paisaje era hermoso, de un verde refulgente, lleno de enormes pinos a ambos flancos de la carretera y millares de vigorosas y amarillentas retamas que nos iban saliendo al paso, brotando en interminables explanadas de césped muy apretado, musgoso, de la textura de una manta. Durante el trayecto utilizamos el ordenador portátil como si fuera un equipo de música, porque las emisoras de radio van y vienen a su antojo. Aunque no hayamos desplegado totalmente la antena, y a riesgo de parecer imbécil, puedo afirmar que no existen tantas estaciones de FM ni de onda media como acostumbramos a oír en casa, de modo que conectamos el lápiz de memoria y colgamos el minúsculo altavoz esférico en el cable de una de las cortinillas que cubren la furgoneta, amenizando de este modo el trayecto.
La gasolina de 91 octanos, libre de plomo, se funde con rapidez en el depósito y hemos pensado que tal vez la carga y el cambio de marchas automático nos estén jugando una mala pasada. El trasto consume gasofa que da gloria. Resulta barata, en comparación con Europa, aunque hace duelo gastar un cuarto del tanque en devorar 75 km. No es normal.
Por otra parte, los rótulos anunciadores generan equívocos. Los neozelandeses priman los letreros que indican negocios privados frente a los públicos, así que hay que estar con los cinco sentidos. Yendo a visitar las Huka Falls nos metemos en un chiringuito que anuncia un viaje de aventura en fuera borda hasta dichas cataratas, y como no es lo que queremos terminan por forzarnos a retroceder y al emprender de nuevo el camino lo hacemos esta vez con los ojos bien abiertos. Al final, tras unas cuantas vueltas, conseguimos llegar al enclave donde se contempla el salto de agua de manera gratuita. Si bien existe una hucha de cemento para los peregrinos, donde pueden depositarse unos céntimos para que algún alma caritativa arregle y mantenga las inmediaciones, es chocante que las instalaciones públicas queden al pairo de la caridad. Las Huka Falls no son comparables con cualquier cascada islandesa, por lo menos en cuanto a tamaño se refiere, sin embargo su belleza estriba en la rapidez de su cauce. El río corre durante trescientos metros encajonado en una cañonera hasta formar un sifón, donde las aguas dan a luz unos rápidos muy espumosos y cristalinos, de un color azul cielo muy intenso, desembocando vigorosamente y a presión hasta deshacerse en una hermosa vaguada.
Contemplamos los rápidos y la cascada desde varios pretiles e iniciamos luego la ascensión con la idea de observar el paisaje desde lo alto. Una vez arriba, el sol nos pegó de plano. Caí en la cuenta al tocarme las narices y apreciar que estaban socarradas hasta el extremo de escocerme las fosas, así que procedí a embadurnarme la jeta entera con una manteca de kiwi, cuyo simple olor alimenta, adquirida en Rotorua para combatir la sequedad de la piel. Atacamos también la nevera portátil, donde llevábamos las viandas y el agua mineral, y terminado el receso nos encaminamos hacia «Los cráteres de la Luna», zona geotérmica de la que muestro un ejemplo en la primera fotografía de esta crónica donde, aparte de un agobio rayano en la insolación, entretuvimos la vista y el cerebro en general con unos cuantos hervideros de soberbia factura, volcanes que petaron hace cuatro años y enormes fallas del terreno, que expelen constantemente fantasmagóricas fumarolas. Hora y pico de andada, que me dejó los pies como boniatos, terminó por impulsarnos hasta el techo de la hondonada. Desde este paraje apreciamos cómo se dan de cornadas las placas tectónicas asiáticas y oceánicas creando un óvalo verdaderamente monstruoso, aunque rodeado de una tupida vegetación a su alrededor, lo que genera un fuerte contraste. El contraste nos condujo a la salida y de ahí nuevamente a la nevera portátil, cualquiera diría que agosto había llegado de pronto a Nueva Zelanda, regalándonos un anticipo del verano. Llegados al tenderete, encaramado sobre el cerro que domina uno de los meandros que hace el río, hicieron firmar a Helena un papel donde afirmaba estar en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, que no tenía dolencias cardiacas y que se tomaba el asunto poco menos que como una cuestión personal. A mí algo semejante ya me hubiera echado para atrás, sin embargo estaba ella más preocupada por no enseñar las tetas en su caída que en recrear una impresión, tan cercana al pánico, que a cualquiera podría embargarle con sólo echar un vistazo al precipicio. Comentarios después del salto Celebramos el éxito acudiendo hasta el parque más cercano para tomar un baño. Varios kilómetros más arriba, a la orilla del mismo río sobre el que Helena acababa de saltar y en una zona verde de inabarcables proporciones, la gente puede sentirse a solas durante horas y en perfecta simbiosis con la naturaleza. Puedes bañarte allí en un charquito caliente cerca de un manantial y recuperar de nuevo el pulso, dejando que tus huesos se relajen en una nube de vapor. |
AUCKLAND ZARAGOZA |
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