jueves 29 de octubre de 2009
A orillas del Pacífico |
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El primer día en Nueva Zelanda estuvo sembrado de contratiempos. Llegamos al lugar donde habíamos alquilado la caravana -una pequeña furgoneta habilitada para llevar cocina, nevera y cama- mediante un transporte colectivo desde el aeropuerto de Auckland. Nos dejó en la misma puerta del local pero –sorpresa, sorpresa- estaba cerrado. ¿Cuál era la razón si, en apariencia, tendrían que estar esperándonos? Tardamos en descubrir las causas un rato largo. Cualquier intento de comunicarnos con los arrendadores por medio del teléfono móvil resultó imposible, porque la compañía telefónica (moviestar es la leche) se resistía con toda su alma a facilitarnos cobertura.
Jeremías, desarrollando una cachaza y dedicación que nos dejaba exhaustos, nos condujo mansamente hasta el establecimiento más cercano regentado por una pareja heterosexual de coreanos que, de manera simpática y con absoluta presteza, se animaron a telefonear al número de emergencias de la empresa de caravanas, sin resultado alguno. Tras varios intentos infructuosos de conexión con los desaparecidos rentistas, la esposa del sonriente oriental se ofreció a vendernos la tarjeta SIM de su propio teléfono e incluso el aparato completo, lo que fuese con tal de que quedáramos satisfechos con su colaboración. Fue entonces cuando el bueno de Jeremías, observando que no se ganaba el cielo con aquellos turistas españoles que Dios nuestro señor –al que adoraba tan alto caballero- había dispuesto en su camino, decidió invitarnos hasta su casa donde, recuperadas las fuerzas y la serenidad de ánimo tal vez diéramos de manera fortuita con una provechosa solución.
A quince minutos escasos del local se encontraba el domicilio de Jeremías, cuyo padre, un tal Abraham, centenario y venerable anciano, todavía labraba la tierra en su propia granja. El mejor producto de su cosecha —el arroz— debía dársele bien y por arrobas, y para que alcanzásemos a comprender no sólo la cantidad sino la calidad de tan exquisita gramínea, viniendo como llegábamos de una nación conocida internacionalmente por sus paellas, subió de un par de zancadas hasta su domicilio y no tardó en bajar con una muestra de cuarto de kilo en una fiambrera que sometió a nuestra inspección. No sé si pasó o no la ISO 9000 pero aquella situación, perdidos en un barrio ignoto de las Antípodas y arrastrando las maletas por la hierba, adquirió tintes alucinógenos.
Gracias a la cordura del dueño del bar conseguimos hablar con los rentistas de la caravana y enterarnos a la vez de que llevaban un día entero aguardando nuestra aparición, la cual daban ya por misteriosa e inaudita. El jet lag, los cambios horarios y la distancia kilométrica que separa Europa de Oceanía, nos indujeron a creer que estábamos viviendo en un día que en realidad ya había pasado. Doce horas de diferencia son un exceso, pero como el negocio, en todas partes, es el negocio, acordamos una cita para tres horas más tarde en su local aprovechando, entre tanto, la jornada para echar un vistazo al mundo marginal de Auckland, sus Erotik Club, sus cervezas negras y su comida de gasolinera. En estas últimas instalaciones adquirimos una tarjeta SIM neozelandesa de prepago por dos dólares, un minúsculo pedazo de plástico que todavía no hemos tenido la dicha de utilizar, entre otras causas porque no hemos averiguado cómo diantres se pone en funcionamiento.
Hoy estamos en Hahei, al borde del Océano Pacífico, durmiendo en la caravana que finalmente alquilamos durante aquella larga jornada de lluvia. Hemos tenido la oportunidad de conocer una Auckland distinta, caritativa y amigable, deprimida pero sonriente con los viajeros en aprietos. Ya entonces nos pareció muy vegetal, surtida de árboles por todas partes, silvestre en su comportamiento y humana en su trato. Reconozco que nos costó varias horas encontrar el camping de Takapuna, pero tuvimos suerte de no perdernos más de cuatro o cinco veces a lo largo del recorrido. Gozábamos además de una envidiable experiencia en el ámbito de circular por la izquierda —gracias a nuestro último viaje por Escocia—, de modo que, aun habiendo cruzado en múltiples ocasiones el Harbour Bridge, que es un puente de hierro como el de Zaragoza, si bien goza de media docena de carriles por sentido, no es menos cierto que a la quinta oportunidad de atravesarlo, que dicen que a la quinta va la vencida, y como mi compañera sentimental se estaba meando de manera acuciante, tuvimos que hacer una parada de emergencia en un polígono industrial con el único fin de que se apeara del vehículo e hiciera sus necesidades contra una rueda. Nadie se escandalizó por tal hazaña, así que no debe ser tan extraña por estos pagos. |
AUCKLAND ZARAGOZA
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