viernes 6 de noviembre de 2009
Wellington, la capital kiwi |
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Esta mañana hemos amanecido muy temprano, a eso de las seis y media. El sol nos entraba de plano por los cristales de la furgona. Según bajamos la isla del Norte y nos acercamos a Wellington tenemos más horas de luz. En el cámping había cuatro gatos, me refiero a los usuarios, porque felinos no he visto ninguno. El viento del día anterior había remitido casi completamente y reinaba una jornada veraniega. Hemos ventilado bien el trasto y me he pegado una ducha de espanto en las “facilities” del local. Aquí llaman “facilities” a las duchas, la cocina y demás habitáculos comunes. El internet era de espanto. Himatangi no tiene siquiera cobertura de móvil, así que no pude colgar las líneas que escribo a diario en esta crónica –apenas sin repasar, porque suelo caerme de sueño- y lo he tenido que hacer hoy en Newlands, un barrio dormitorio de la capital de Nueva Zelanda, muy próximo a Wellington.
Hemos desayunado como hacemos siempre, un cafecito –en el caso de Helena es un té- con unas tostadas y, tras el aseo personal, nos pusimos en camino siguiendo la costa occidental. Digo que la ducha ha sido de espanto porque salía ardiendo el agua caliente y mi rebuzno ha sobresaltado vívamente a un señor que, en la celda contigua, estaba haciendo sus deposiciones matinales. La convivencia siempre depara sorpresas. En este cámping existe tradición de encajar en la hierba las caravanas, entabicar las ruedas o sencillamente amolar la chapa hasta que parezca una casita. Estos mini chalecillos están en Himatangi para siempre. Les mola a sus dueños pasearse con los quads, así que los aparcan durante el invierno bajo un porche y pagan la iguala a la jefa del local, una dama maorí de penetrante mirada pero que en las distancias cortas parece sonreír cordialmente. Vive con su marido y un chaval de los que a los treinta tacos todavía resisten en la casa familiar parapetados tras la puerta de su dormitorio.
Camino de Wellington hemos ido bordeando la costa. De vez en cuando se nos han cruzado unos cuantos automóviles antiguos, de los años treinta y cuarenta, pintados con alegres colores y en perfecto funcionamiento. La circulación se iba haciendo más densa, atravesaba con frecuencia las vías del metro-tren, que conecta todas las poblaciones cercanas con la capital. Recuerdo, si a estas horas no me falla la memoria, que hicimos un par de paradas para echar un vistazo a las playas. Los troncos de los árboles menudean en todas ellas, los arrastra el mar hasta la costa o los traen hasta ellas los ríos, cuando vienen de crecida al acabar el invierno. En Otaki y en Paparauma, encontramos también millares de conchas, trituradas o abrillantadas como la patena, además de mejillones blancos. Es difícil encontrar los más bonitos, que son anacarados por dentro y por fuera, y que se venden en las tiendas de recuerdos a modo de suvenir. Los lugareños pasean por la playa, hacen footing y cansan a sus perros. Hicimos también una parada en Paekakariki, donde una minúscula cala da por finalizada la gigantesca playa que hay frente a la isla de Kiripari, alargada y llena de vegetación, a la que no se puede acceder salvo con permiso gubernativo.
Todos los pueblos que hemos cruzando hasta aquí tienen algún distintivo que pretende hacerlos únicos. Los hay que se basan en la pesca truchera, y a la entrada te clavan la escultura de un pez enorme, como en Taupo. Si tienen un museo del tranvía, como cerca de Paparauma, te colocan dicho medio de locomoción a la entrada de la localidad. Hemos visto zanahorias del tamaño de dos pisos, botas militares –que indican la presencia de un acuarterlamiento- desproporcionadas también e incluso un chucho leyendo el periódico mientras toma el sol. Los arquetipos, al estilo yanqui, son un reduccionismo pero sirven al turista para encasillar los lugares que va visitando en parcelas más asumibles. No encuentro otro sentido, y desconozco si semejantes tonterías se asumen como algo razonable entre los habitantes de Nueva Zelanda. Es, para hacernos una idea, como si a la entrada de Alicante te encontraras un zapato gigante, o en Valencia una naranja fabulosa. Tópicos.
Buscando el cámping de Wellington nos salimos del itinerario. Estaba en una loma de la carretera nacional, en Newlands Road. Aquí bautizan a las carreteras con el nombre de la población a la que conducen, como si fueran calles. Así que teníamos el cámping en nuestras narices, pero hemos pasado de largo. A la segunda ha ido la vencida, y una vez descubierto el secreto de la entrada nos hemos colado dentro tan rícamente. Una vez aparcada la furgoneta (aquí la llaman campervan, pero no deja de ser una furgoneta habilitada para dormir y hacerse un café o un huevo frito), preguntamos como se llega a Welligton en autobús, y en un pis pas nos ha salido un afable guía, ya entradito en años, que no sólo nos ha indicado dónde se pillaba el 57, sino que iba en nuestra misma dirección -al centro-, se ha colocado en el asiento detrás del nuestro y nos ha ido radiando lo que se presentaba en el camino. Desde la entrada a la ciudad, pasando por el Ayuntamiento, el Parlamento del país, la Golden Mill –la zona de comercios, negocios y finanzas- , pasando por el puerto y el Te Pa de Nueva Zelanda (el museo nacional). El abuelete maorí nos sugirió que tomáramos el Cable (un teleférico) para subir hasta el Botánico, puesto que había salido un día de lo más “lovely”.
Wellington, la ciudad de los trolebuses, es ventosa y húmeda, sin embargo nos ha recibido con un sol radiante. Íbamos en manga corta. Nos despedimos con gratitud del anciano maorí y enfilamos al puerto para hacernos una idea más propia de dónde nos encontrábamos. Las gentes de Welligton paseaban arriba y abajo por los muelles, se acercaban a los bares y se sentaban en sus terrazas a tomar el sol. Se les veía contentos con el calorcillo reinante, hasta las chavalas, recién salidas del colegio, se ponían el bañador y se tiraban de punta cabeza a las aguas del puerto. Prueba de lo que digo es que nos sentamos a comer en un garito del centro y nos amenizaron el papeo por el hilo musical poniéndonos un Mambo, que, en versión hispana, era lo que tenían más a mano. Resulta raro comerse unos macarrones en las Antípodas escuchando un Mambo de fondo, pero el camarero era muy amable. Tanto, que le pareció una buena opción que cogiésemos el Cable y subiéramos a ver el Botánico. Según nos comentó tiene alrededor de doce mil tulipanes, así que merecía la pena. El único problema, siempre existen inconvenientes en los viajes, es que al susodicho Cable – que es un emblema turístico de Wellington- se le mete un bruñido al menos una vez al año. Se le aprietan las juntas y se le engrasa la cincha. Y tocaba justo hoy. Hoy y un par de días más, porque quieren dejarlo a punto antes de que llegue el verano, que ya está muy cerca en el cono sur, de modo que tendremos que dejarlo para la vuelta. A cambio hemos hecho una visita al Te Pa de Nueva Zelanda, el museo más importante de Wellington. Nos cebamos en la planta cuarta, donde se exhiben las piezas maoríes desde el año 1300, con sus tótems, sus canoas, sus fachadas de pagodas y sus trabajos de lanzas, cuchillos y paletas, que elaboran en las llamadas “greenstones”, unas piedras verdes similares en aspecto al jade, que pueden tallarse sin demasiada dificultad. Como a eso de las seis estábamos ya para el arrastre, hemos vuelto al cámping para comprar por internet los billetes del ferry a Picton. Mañana también estaremos en la capital, pero el domingo cruzaremos el estrecho de Cook para dar el salto a la isla del Sur. Hoy, en el museo, ya nos hemos ido haciendo a la idea porque tenían estampado en el suelo un mapa interactivo bastante grande del país. Podías patearlo un poco y comprender las dimensiones de lo que todavía nos queda por visitar, tal vez lo más impresionante de Nueva Zelanda. |
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