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Una noche de Julio cuando la luz hizo ¡blum!

    Julio era calvo y lo llevaba muy mal, pero tenía las piernas largas y los brazos también muy largos, estaba pegando el estirón.
    A Julio no le gustaba nada eso del estirón. Tampoco le apetecía estudiar y tenía muy mal genio.
    Su madre le decía:
    — Si ahora no estudias, de mayor serás un viejo verde.
     Julio se lo tomaba a guasa. Los viejos caminan por la calle, se sientan en un banco y leen el periódico. Van siempre muy despacio, arrastran los pies y se suenan las narices con mucha fuerza, pero no son de color verde.
    «Mamá está loca —pensaba Julio—, yo nunca seré de color verde».

    Un día su amigo Raúl le dijo a Julio:
    — Si te pones a gritar te saldrán pelos en la cabeza.
    Y cuando Julio estaba enfadado, que era casi siempre, se encerraba en el baño y chillaba muy fuerte. Hinchaba los pulmones y gritaba con toda su alma. Pero no había manera, seguía igual de calvo.

    Otra cosa que a Julio le enfadaba era la manía que tenía su madre de darle besos a traición. Su madre se acercaba de puntillas, sin hacer ruido, y cuando quería darse cuenta le estaba besando por todas partes. A Julio le enfadaban mucho estos ataques de saliva. Sobre todo em público, porque eran contagiosos. Sus tías, sus abuelas y hasta sus vecinas se creían con derecho a besarle. Había una de ellas, especialmente desagradable, que se los estampaba en la cabeza. Era la señora de Lezcano, y tenía un chucho horroroso.
    — Cuando seas viejo —le decía su madre— te acordarás de los besos que no quisiste.
    A Julio le quedaba muy lejos la vejez. Entre sus planes, para cuando fuese mayor, estaba convencido de que tendría novias despampanantes, a las que besaría sólo cuando le apeteciese. Al llegar a viejo jamás llevaría del brazo una señora tan vieja como él. ¡Qué va! Julio tendría mucho dinero y se haría la cirugía estética.

    Aquella noche del mes de julio la luna estaba roja y como Julio había nacido en julio faltaba muy poco para su cumpleaños. ¡Dos días! Un par de días era demasiado tiempo para Julio, que no sabía lo que era la paciencia. En su casa además hacía mucho calor, tanto o más que en el desierto. El ventila-

Una noche de Julio cuando la luz hizo ¡blum!
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