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El laboratorio
Por muy tímido que seas, el tránsito a la madurez masculina se caracteriza por un exceso de testosterona. Acosado por las hormonas, te sientes empujado a sobresalir de la manada y por un minuto de gloria consumas imperdonables torpezas. La cualidad de enganchar a la gente, de atrapar su atención, me parecía una herramienta magnífica a la hora de andar por la vida, siempre y cuando supieras utilizarla con equilibrio. Hasta entonces me había mantenido en un discreto segundo plano frente a la brillantez de los más lanzados, algunas de cuyas artimañas me hubiera gustado conocer de primera mano. Durante los últimos años de colegio conocí a un chaval que era el foco de todas las miradas, un auténtico especialista. Uno de mis atributos más visibles, la capacidad de escuchar, me sirvió de carnada. Los pelmas se arriman a los oyentes como la abeja a la miel y yo era un tipo tranquilo, una de las tres vacas sagradas de la clase . De entre los camorristas, aquel rabo de lagartija era el más ligón, un chuleta deportista y calavera que tras su carita de ángel escondía un verdadero demonio. Mi padre lo catalogó en seguida como una mala influencia para mí, pero el mundo giraba de una manera tan fascinante alrededor de aquel crío que me dejé llevar por la entropía, a ver si se me pegaba algo.
Yo era el mayor de tres hermanos y él era el más pequeño de siete. Uno vivía en la inopia y el otro estaba muy resabiado, de modo que en el pupitre, mientras yo hacía dibujitos, el Lagartija roncaba descaradamente. Un día me invitó a su casa. Dudo que se sintiera solo en un domicilio tan poblado como el de sus padres, quizá quería adoptarme como su hermano menor o convertirme en su confidente. Las causas importaban poco Allí empecé a leer a Boris Vian y a los escritores malditos, desde Baudelaire a Bukowski pasando por Cocteau. Escuchábamos a Los Who y a Led Zepelin a toda potencia, dando saltos y gritos o tirándonos por el suelo. El resto de amigos gozaban de una independencia tan insignificante como la mía por eso me sorprendió que a nadie en aquella casa le importaran los decibelios, ni siquiera que un terremoto cuyo epicentro se localizaba en el tocadiscos la pudiera partir en dos. Rabo de Lagartija había heredado junto a la habitación de sus hermanos, donde almacenaba un montón de discos y de libros, un raudal de pantalones vaqueros medio raídos, trilladas chupas de cuero y docenas de camisetas a punto de convertirse en trapos de limpiar el polvo. Regaba nuestras charlas con vinos añejos de la bodega de su papá, servidos en copa con admirable desenvoltura . Su familia era «de posibles», fabricaban señales de tráfico.
Al conocer a sus hermanas comprendí de dónde venía la fragancia y la naturalidad. El Lagartija podía cubrir con frescura toda la gama de la desvergüenza hasta concentrarse en la desfachatez. O partiendo de la insolencia dar la impresión de una fragilidad inocente e infinita. Había adquirido de sus hermanas tal variedad de registros que sus propios hermanos, admirados por el despliegue, se mostraban cómplices de su crecimiento. La familia del Lagartija era una versión monegrinade Los Supersónicos, se trataban tan sanamente y parecían tan modernos que daban asco. O envidia. Pasé muchas horas empapándome de este sujeto y sin duda se me pegaron muchas cosas de él. Lo que no pensé que se me iba a pegar era el teatro. Me venía tan grande al principio que cuando me propuso instalarme con él en Madrid, cuando empezó a trabajar en la televisión —en La Bola de Cristal, si no me equivoco—, le contesté con una negativa.
Pero vayamos por partes. Yo acababa de salir del colegio de curas, estaba repitiendo tercero de bachillerato en otro sitio y empezaba a conocer personas de distinto sexo, circunstancia que absorbía toda mi curiosidad. Es como una tara de fábrica. Había estudiado en un centro que no era mixto y la simple cercanía de las mujeres me deslumbraba. Igual que sueltas un puerro a hervir en la cazuela, me cocí de la primera compañera de clase que me sentaron al lado. Una joven fibrosa de nariz aguileña que montaba a caballo. Era un poco marisabidilla y no me hacía ni puñetero caso. Yo estaba entradito en carnes, los pelos me cubrían la cara y llevaba encima una chaqueta de pana azul, herencia de mi abuelo paterno. Aunque yo me tenía por un |
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