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por otro, me quedé compuesto y sin novia. La Seminarista, por abreviar, llegó la última y visiblemente afectada por algún acontecimiento personal, circunstancia que la estimuló a coger una tajada de escándalo. En un gesto contradictorio a su moral —y con el objeto de darme celos, supongo, porque no estaba al corriente de que salieran juntos—, se lanzó de improviso sobre Lord Tieso para aplicarle un beso a tornillo. Lord Tieso, haciendo honor a su nombre, no supo cómo reaccionar. Llevaba un vaso largo en la mano y mientras le comían la lengua debió alumbrar una idea tibia. Pero sintió mi negra mirada en su cogote, y rompió el encanto mediante gestos encorsetados, de cliché, a lo Humphrey Bogart. Para aquella hembra que se le había tirado a los morros confiando en otro tipo de respuesta, la actitud pusilánime del Tieso representaba una humillación. No sé lo que esperaba de él, la verdad. Yo tenía bastante con el calambre que me subió por la espalda .
Mi vida se ha visto salpicada por acontecimientos caóticos de diversa naturaleza, situaciones previsibles que de pronto se retuercen y descontrolan para alumbrar una realidad diferente. Son momentos en los que late fuerte el corazón y se labra una muesca más profunda en el tejido de nuestro cerebro. Tal vez las cosas no fueron como ahora las cuento, la novela imprime su ritmo al escribir y no es lo mismo un artículo que una crítica, no es igual un relato que una entrevista. El pasado, además, se deforma con el trascurso del tiempo en nuestra memoria. Y mis percepciones no tienen por qué ser las mismas que tuvo el Pianista, Rabo de Lagartija, la Scout o mucho menos la Seminarista, cuyo cuelgue en el suceso descrito antes le habrá podido dejar una laguna temporal. El caso es que a raíz de aquella juerga en casa de Lord Tieso recibí un llamada. Y no fue espiritual.
El Pillín había montado con el profesor de matemáticas y su cuñado el Mandrias una nueva compañía, en la que estaban la Huesitos, la Monja y el Binguero.¿Quién era el Pillín? El Pillín tenía rizos de caracol y mirada asiática, porque achinaba los ojos a la vez que fruncía los morros, tal era su miopía. De haber nacido en el Líbano habría encajado perfectamente en una chilaba. Sus rasgos eran fenicios, angulosos, al menos antes de que le diera por el boxeo. Después comenzó a echar músculo y andar de otra forma. El sentido del humor del Pillín, ingenuo al principio, se volvió algo más negro. Pasé a su lado en la misma compañía diez largos años desde que me llamó por teléfono. Quería que trabajara con ellos y le dije que sí. El Pillín estaba persiguiendo a Lord Tieso porque se lo había montado mal con unos focos, embrollo en el que me vi envuelto cuando tuve un flechazo con La Monja. Un flechazo platónico. La Monja resultó ser amante de Rabo de Lagartija, embrollo que descubrí en el tercer viaje a Madrid y que me dejó «out» durante meses. En ese lapso, la compañía de teatro cosechó bajas y altas mientras se consolidaba. La Monja se casó con un secretario de embajada y se fue a vivir al Japón.
La Huesitos se fue literalmente de la olla y hubo que internarla. El Mandrias y el Pillín eran como la pescadilla que se muerde la cola, de modo que el Mandrias no duró mucho y después nos hizo la pascua. El Binguero se casó y dejó el teatro paulatinamente. Y el profesor de matemáticas nos llevaba veinte años de ventaja. Habíamos estrenado Improvisaciones en Rima IV y su mujer estaba harta de que utilizáramos el domicilio familiar para los ensayos. Además, su marido apuntaba sexualmente a todo lo que se movía y le parecía preocupante porque estaba a punto de dar a luz a su primer hijo, de modo que empacamos los trastos y nos hicimos con un localillo en el Tubo, en el húmedo callejón de Juseppe Martinez .
Para montar La apertura de la Puerta del Sol entraron dos actrices nuevas y me enamoré de una de ellas hasta las cachas. Era una mujer «pseudocasada», que actuaba como si llevase varias décadas de matrimonio, y fue la historia de mi primera vez. Ocurrió en un hotel, durante el festival de teatro de Sitges. Ella vivía arrejuntada con un pintor —entonces no existía el concepto legal de pareja de hecho— y llevaba muy contradictoriamente su adulterio, así que por activa y por pasiva, por orgullo y por no complicar las cosas, le negué que se trataba de mi primera vez. Lanzó el órdago de que iba a irse de la compañía para ver si la acompañaba, pero no lo hice y se fue. Se fue diciendo que todos sus orgasmos habían sido fingidos, lo que no era más que un tópico, porque no había necesidad de fingir y porque sencillamente no tuvo ninguno.
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