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Le devolví la cantimplora y la enganchó a su bastón. Gustave era un tipo con recursos. La suerte soplaba a su espalda, cualquiera era capaz de percibir la soltura de sus gestos, representados aquella mañana en la ingenua autoridad de su bastón. Se lo dejaron pasar al recinto arqueológico de Machu porque debido a su misteriosa belleza no se le ocurriría abandonarlo en cualquier esquina. Los vigilantes del Valle Sagrado estaban hartos de recoger a diario cientos de gayatas perdidas por los turistas y cuando el gobierno prohibió el acceso de las mismas se quitaron un granpeso de encima. Yo no. La legalidad vigente es la razón que adujo el portero para requisarme la vara. La compré en la plaza de Ollantaytambo por diez soles y me la devolvieron a la salida previa presentación de un boleto, de modo que no me sirvió para nada aunque todavía la conservo.
— ¿Te sientes mejor?
— Más … ¿auténtico? —contesté con sorna.
Él sonrió de manera franca, nuestros huesos no habían recorrido miles de kilómetros sólo para charlar pero se imponía un receso. Me senté en el suelo contra una piedra para apoyar mi magullada espalda y extraje de la riñonera mi libreta de viaje. En seguida caí en la cuenta de que me faltaba algo. No sólo mi espalda estaba cansada, también mi vista, y busqué las gafas de corrección.
—¿Cómo va tu novela? —Gustave apoyó su hermoso bastón y tomando asiento junto a mí extrajo un trapo de uno de sus múltiples bolsillos del pantalón, procediendo a bruñirse las botas con grasa de caballo.
— Ya no es una novela —insinué.
— ¿Ah, no?
— Es la realidad novelada.
— ¿Y no es siempre así? Quiero decir —matizó mientras sacaba lustre—, ¿acaso los escritores no hacen otra cosa que recrear la realidad?
— Éso cuentan.
— Entonces, ¿cuál es el problema?
Hasta entonces no habíamos hablado de la existencia de ningún problema, a lo sumo de mi falta de orientación. No dejo de preguntarme, ¿dónde estoy yo? El mundo, tal y como lo concibo, se va derrumbando a cachos, por lustros y anualmente cada hoja que cae del calendario convierte la década en un paisaje ruinoso. Diez años después de entablar contacto con Erika, me sentía frágil, atrapado por la vorágine de los acontecimientos y al borde de un precipicio depresivo. Gustave me ayudó a comprender que no era distinto por sentirme desvalido, que la penuria es una sensación que transmite cualquier niño durante su infancia. A medida que se desarrolla el individuo se atempera el chiquillo que llevamos en nuestro interior. O así cabe esperar.
— En cualquier caso —aventuré—, ningún ser humano escarmienta.
— Menos mal —concluyó Gustave— . El Principio Coperniquiano(2)sigue dictando las normas.
— ¿Así de simple?
—Así de sencillo. El Tiempo es poco elástico y ahora todavía menos —afirmó Gustave empinando su cantimplora. Un clip atravesaba el cartílago de su oreja izquierda. Se percató de que lo estaba mirando y comentó con gracejo que él era sociólogo, no psiquiatra—. Si quieres avanzar deprisa y profundizar en la realidad que tienes delante —aconsejó—, debes visitar a un profesional.
Y para mi asombro escribió en mi libreta de viaje y con mi propio bolígrafo la dirección del doctor Izuzquiza, un médico de mi tierra al que yo conocía desde que vine al mundo. No fue éste el único de sus consejos. A sus veintiséis años y mientras se lustraba las botas, Gustave me hizo entender también que, al contrario de lo que se piensa, comportarse sin complejos entre tanta gente doctorada es muy sencillo, máxime si presumen de amistad, como es el caso. Otro asunto son los idiomas. Yo era el nuevo y nunca dejaría de serlo. No sólo porque mi inglés fuera idiota —aunque la mayoría de los integrantes del Proyecto Candela hablasen un castellano correcto— sino también porque ejercía de consorte. Un consorte en entredicho y que además carecía de base matemática. O simplemente base, como diría mi padre. Mi padre no encontró en mi cabeza otra cosa que pajaritos.
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(2) «Nuestra observación es improbable que resulte especial entre otras similares». Nicolás Copérnico, Principio Heliotrópico. |