2
La Flecha del Tiempo © Sergio Plou

Qué se puede hacer en tales circunstancias, ¿reírse? Aïsa interrumpía cualquier conversación, cualquier discurso por interesante que fuera, para enterarse de lo que hablaba Erika en otro corro. «¿Qué ha dicho ahora?»
  ¡Como si fuese sorda! Una vez informada de la ocurrencia me comentó sorprendida: «Es muy lista la bicha, ¿no crees?» La doctora Aïsa Royo no disimulaba sus intenciones. Parecía más colada que la leche en tetrabrick y uilizaba un lenguaje lumpen, patibulario, que en las orejas de Erika percutía melódicamente hasta conformar una alegre cancioncilla. «La muy jodida, la bicha», sonaban tan porno como si las hubiera pronunciado mi madre pero tenían la virtud de alegrar su corazón. La hacían reír. En aquella época nos reíamos poco juntos y para encubrir la tristeza, la impotencia que me entraba de verla tan contenta, decidí hacerme el loco sin resultar patético. No iba conmigo el hecho de marcar el territorio. Además, reconociendo que alguien me disputaba su cariño, y que yo no sabía cómo frenar aquél descaro, me hubiera expuesto a perderla. ¿O no? El amor, en cualquier caso, lleva su propia dinámica y como mi relación con Erika estaba pasada de vueltas sólo cabía salir al paso de las provocaciones, aunque tropezara en ridículos soberbios y yo solito me fuese descalificando. ¿Qué hice? Me subí a una silla y me puse a cacarear. Fue lamentable, lo reconozco. Ante la estupefacción de Aïsa, que nunca olvidaré, la expresión de mis celos fue tan chusca que en el corral se hizo de pronto un silencio espeso, ligeramente agrio y tendente al berrinche, circunstancia que me dejó sin recursos. Me vi colgado de la lámpara por los testículos. Sentí que me arrojarían después por las escaleras. Comprendí hasta el cuajo lo que es cagarla. Esta situación, sin embargo, condujo a Erika hacia un estado desopilante. De pronto noté sus ojos en mi cara y ya no los pudo despegar a causa del llanto. Recuperar aquella risa fue un bálsamo para mis sentidos. Recuperar la compostura costó más. Entre tanto aprendí que la doctora Royo era tan prolija en halagos como sorda ante la evidencia.
  Las carcajadas de Erika dibujaban un feo mensaje para mi competidora: aquel delicioso encane era la firma de nuestra felicidad. Fue breve la dicha, porque viendo el cariz que tomaba tuvimos que sacarla en volandas hasta la calle con el propósito de que le diera el aire y recuperara el aliento. Tanto Aïsa como yo sabíamos que de persistir en el regocijo se le desencajarían las mandíbulas. No hubiera sido la primera vez, pero no es agradable asistir a la recomposición. Igual que hay gente que hace crujir los nudillos, Erika se hace petar los maxilares sujetándose el mentón y la base del cráneo con ambas manos. Si de natural desconcierta, este fenómeno a mí se me debilitan mucho las constantes. Y debo decir que las constantes familiares de Tiago, que soy yo, tal vez la persona menos apasionante de estas páginas pero para mí la más querida, dibujaban entonces un amarillento desierto afectivo y mi vida laboral era un chiste de humor negro. Mi rutina diaria circulaba entre el insomnio, los cortes de digestión y una esdrújula sensación de estar perdido. Pero comenzaba a perder la vergüenza.
  Creí oportuno reconsiderar mis amistades en el Ambiente —y en el ambientillo científico en particular— dentro de un contexto distinto, más comprensivo y humilde. Me ayudó a tomar esta decisión el doctor Gustave Avril, sociólogo neozelandés al que tanto debo, que veía zozobrar la estabilidad emocional de Erika y con ella la estabilidad del proyecto entero. Gustave, joven y excéntrico, de pelo cortado a cepillo y mechas de color pistacho, me invitó a un trago de kawa (1) de su cantimplora fresca. Había traído desde Auckland un par de garrafas de esta pócima para intercambiar con los peruanos del Loreto más profundo. Dejó atrás la ciudad de Iquitos, donde nace el Amazonas, y se internó en la selva. Pensaba que el trueque de bebidas autóctonas, de manufactu-
ra casera, era una forma de adentrarse en sus comunidades perdidas y desarrollar una apacible relación internacional. Pensé de veras que no le fue difícil entablar allí una charla con nadie porque a los dos chupetones de kawa la lengua se me hizo de corcho y floreció mi encantadora sonrisa.
  — ¿Lo haces tú? – pregunté medio abobado.
  — 1/3 de taza con agua, 2 ó 3 cucharaditas de polvo de kawa y un par de zumo de limón—  respondió en castellano seco, como si fuese vascoparlante y tuviera que hacer un esfuerzo adicional de traducción—. Se agita después y se bebe lentamente. Muy despacio —me recalcó.

__________________________
(1) Remedio popular de Oceanía que se obtiene del rizoma de un arbusto perenne, la Kawa, capaz de alcanzar los cinco metros de altura y cuya raíz pesa unos diez kilogramos. Sedante natural que se utiliza en el tratamiento de estados de ansiedad. Acción espasmolítica. Fortalece el sistema inmunológico. Ha demostrado su utilidad contra la migraña, el reúma y alivia además los síntomas del asma.

 La Flecha del Tiempo © Sergio Plou
Artículos Cronicas Críticas Literarias Relatos Las Malas Influencias Sobre la Marcha La Bohemia