Presente Contínuo Pretérito Imperfecto

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un lugar en mi cariño. Había necesitado años de relación para sentir cada una de sus cosas en el fondo de mi alma y aquella recién llegada, al verla con uno de sus sombreros de fieltro, el de ala ancha, repentinamente sentía un ataque de envidia y soltaba: «De dónde lo has sacado, ¿me lo prestas?» Si Erika no daba su brazo a torcer, Aïsa transformaba su rabia en un juego de seducción. «¿Tendré que hacerte una llave?» , la retaba entonces. Erika, sin cortarse un pelo, la animaba a probar. Docenas de veces acabaron rodando por el suelo en plan grecorromana y nunca supe de verdad si Aïsa, con tanta llave de lucha, no estaría en el fondo encantada de haberle hecho otro tipo de llave, seguramente una copia de la llave de su domicilio, ese dúplex de diseño que mantenía en Madrid, frente a la boca de metro de Mar de Cristal. Verla entrar y salir de su apartamento la haría flotar un palmo del suelo. Lo sé porque a la hora de picarla, atiplaba la voz con una dulzura tan enervante que le faltaba un tris para comérsela cruda y dicha actitud, tan cristalina, me formaba una nubecilla negra en lo más hondo del cerebro. No era la única tormenta que se originaba allí. Esta mujer vivía una pasión de grueso formato, un delirio que la empujaba a deslizarse desde su silla hasta las más sucias baldosas de una cafetería, y arrobada por la evolución natural de los músculos de Erika y el nervio electrizante de sus tendones, disimulando que caía en trance, murmuraba: «pero fíjate cómo se mueve la muy jodida». Qué se puede hacer en tales circunstancias, ¿reírse? Aïsa interrumpía cualquier conversación, cualquier discurso por interesante que fuera, para enterarse de lo que hablaba Erika en otro corro. «¿Qué ha dicho ahora?»
  ¡Como si fuese sorda! Una vez informada de la ocurrencia me comentó sorprendida: «Es muy lista la bicha, ¿no crees?» La doctora Aïsa Royo no disimulaba sus intenciones. Parecía más colada que la leche en tetrabrick y uilizaba un lenguaje lumpen, patibulario, que en las orejas de Erika percutía melódicamente hasta conformar una alegre cancioncilla. «La muy jodida, la bicha», sonaban tan porno como si las hubiera pronunciado mi madre pero tenían la virtud de alegrar su corazón. La hacían reír. En aquella época nos reíamos poco juntos y para encubrir la tristeza, la impotencia que me entraba de verla tan contenta, decidí hacerme el loco sin resultar patético. No iba conmigo el hecho de marcar el territorio. Además, reconociendo que alguien me disputaba su cariño, y que yo no sabía cómo frenar aquél descaro, me hubiera expuesto a perderla. ¿O no? El amor, en cualquier caso, lleva su propia dinámica y como mi relación con Erika estaba pasada de vueltas sólo cabía salir al paso de las provocaciones, aunque tropezara en ridículos soberbios y yo solito me fuese descalificando. ¿Qué hice? Me subí a una silla y me puse a cacarear. Fue lamentable, lo reconozco. Ante la estupefacción de Aïsa, que nunca olvidaré, la expresión de mis celos fue tan chusca que en el corral se hizo de pronto un silencio espeso, ligeramente agrio y tendente al berrinche, circunstancia que me dejó sin recursos. Me vi colgado de la lámpara por los testículos. Sentí que me arrojarían después por las escaleras. Comprendí hasta el cuajo lo que es cagarla. Esta situación, sin embargo, condujo a Erika hacia un estado desopilante. De pronto noté sus ojos en mi cara y ya no los pudo despegar a causa del llanto. Recuperar aquella risa fue un bál-

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