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un lugar en mi cariño. Había necesitado años de relación para sentir cada una de sus cosas en el fondo de mi alma y aquella recién llegada, al verla con uno de sus sombreros de fieltro, el de ala ancha, repentinamente sentía un ataque de envidia y soltaba: «De dónde lo has sacado, ¿me lo prestas?» Si Erika no daba su brazo a torcer, Aïsa transformaba su rabia en un juego de seducción. «¿Tendré que hacerte una llave?» , la retaba entonces. Erika, sin cortarse un pelo, la animaba a probar. Docenas de veces acabaron rodando por el suelo en plan grecorromana y nunca supe de verdad si Aïsa, con tanta llave de lucha, no estaría en el fondo encantada de haberle hecho otro tipo de llave, seguramente una copia de la llave de su domicilio, ese dúplex de diseño que mantenía en Madrid, frente a la boca de metro de Mar de Cristal. Verla entrar y salir de su apartamento la haría flotar un palmo del suelo. Lo sé porque a la hora de picarla, atiplaba la voz con una dulzura tan enervante que le faltaba un tris para comérsela cruda y dicha actitud, tan cristalina, me formaba una nubecilla negra en lo más hondo del cerebro. No era la única tormenta que se originaba allí. Esta mujer vivía una pasión de grueso formato, un delirio que la empujaba a deslizarse desde su silla hasta las más sucias baldosas de una cafetería, y arrobada por la evolución natural de los músculos de Erika y el nervio electrizante de sus tendones, disimulando que caía en trance, murmuraba: «pero fíjate cómo se mueve la muy jodida». Qué se puede hacer en tales circunstancias, ¿reírse? Aïsa interrumpía cualquier conversación, cualquier discurso por interesante que fuera, para enterarse de lo que hablaba Erika en otro corro. «¿Qué ha dicho ahora?» |
futuro
La Flecha (título provisional) 2
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