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Aprendimos allí a capturar una luciérnaga y a que nuestros ojos vieran en la oscuridad. También comprendimos en nuestras carnes los peligros que aguardan en la selva, a escasos cincuenta metros del lodge, donde trepaba por el tronco de un árbol una tarántula de un palmo. La destreza de uno de los guías al capturarla y depositarla suavemente en el hombro de mi compañera me puso rígido como una tabla. Aunque peor fue verla al día siguiente con una anaconda al cuello o sujetando un caimán. Sólo llegué a saludar yo a un oso perezoso, y me sentí muy raro. Pero el contacto más hermoso se produjo en la Isla de los Monos, a donde nos acercó Nixon después. Los guías de ahora se parecen poco a los del siglo XIX. En Perú, mi compañera y yo contratamos los servicios de tres personas, dos para la selva amazónica y una para el altiplano de lago Titikaka. Los tres muy distintos, dos de ellos casi en el tono de animadores (como el de la tarántula, que nos condujo después a las lianas del río para que hiciéramos el Tarzán) y con conexiones evidentes en la zona, que les reportan unos ingresos suplementarios. Estas conexiones agilizan los trámites y puedes cruzar el Amazonas de un extremo a otro, bañarte con los delfines rosas en mitad de sus aguas o saludar a los Uros, en medio del lago Titikaka, flotando en un isla de juncos, unas plantas en forma de varas a las que denominan totora. Todo está hecho allí de totora, y por si fuera poco también se la comen. Ahora los guías no te conducen a un lugar y allá te las compongas, cubren un espectro mayor y algunos hasta son parte de la empresa organizadora, lo que antes se llamaba la Expedición.
Suelen ocuparse de la logística, es decir, de dónde vas a alimentarte y a dormir, además de trasladarte a todas las visitas. Cobran más de lo que ganaban antes pero la competencia es mayor y supongo que la masificación turística, durante la temporada alta, devalúa el paisaje. Tenemos suerte de viajar en noviembre y con la precaución de operar con el equipaje justo - lo que pueda cargarse a la espalda -, así se maniobra con el plano o la guía de confianza mientras te mueves con más facilidad. Habíamos previsto volar de Iquitos a Cuzco, donde el contraste climático y el cambio de altitud podía complicar el viaje. La zona de Cuzco, siguiendo el curso del río Urubamba, desde Pisac al santuario de Machu Pijchu pasando por Ollantaytambo y Aguas calientes, la hicimos por nuestra cuenta. En Cuzco, si no es por el mate de coca, no me hubiera podido mover un centímetro debido al soroche, un enorme jaquecón que me pegaba en la nuca.
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