sábado 12 y domingo 13 de diciembre de 2009
Un largo viaje de regreso a casa
Las Melè Cascades y el Jardín Secreto de Vanuatu
 
 

   Escribo desde un boeing 777 de la compañía aérea de Singapur. En los aviones de ahora tienes posibilidades de matar el rato, desde ver una película a escuchar música o distraerte con juegos interactivos, también puedes enchufar el teléfono móvil o el portátil a un brazo del sillón y que se vaya cargando la batería. Te aburres porque quieres. Manteniendo a la peña empantallada es más fácil que las diez horas del trayecto entre Auckland y Singapur no nos resulten demoledoras. Otra cosa es mantener cierta concentración en lo que haces, porque allá donde gires la cabeza encuentras sujetos computerizados, de cualquier raza, sexo, edad y religión, desde hidúes a europeos pasando por asiáticos, árabes o africanos. Si a mis abuelos les hubieran contado que un nieto suyo podría estar viendo hoy el enorme desierto australiano desde un aeroplano y que, para colmo, viajaría con una luminosa maquinita de escribir entre las piernas, los pobres se quedarían de un aire. Es ley de vida. Las generaciones, a medida que se quedan atrás, alucinan con lo que viene por delante. Tampoco hay que ir tan lejos en la genealogía, yo mismo me sorprendo de lo rápido que avanza la tecnología, tan deprisa que incluso alcanza Vanuatu, lo más parecido al edén, según afirman los neozelandeses. Sólo que los avances están al alcance de unos pocos allí.
   En el edén hace un calorcito tropical de lo más agradable. A ratos lluvioso y generalmente soleado, el antiguo archipiélago de las Nuevas Hébridas recibe a los turistas neozelandeses que escapan de la húmeda primavera de Auckland, dicen que más destemplada que la del año pasado, buscando broncearse en un país como Vanuatu, donde amanece a las cuatro y pico de la madrugada y anoche a las ocho de la tarde, donde aún se mantiene el trueque como fórmula de comercio en algunas aldeas de Tanna y donde los niños todavía venden por la calle los periódicos del país. En Tanna, los días de mercado, las gentes intercambian raíces de kawa por cocos, o café por bananas, algo impensable en Europa, donde lo único que se intercambia, en el peor de los casos, son los resfriados.

   Cuando volvíamos del volcán Yusur hasta Port Vila, la capital, tardamos media hora larga en despegar porque la compañia aérea había detectado que llevaban dos pasajeros más. Y no sabían a ciencia cierta de quiénes se trataban, así que procedieron al clásico conteo y a interrogar al pasaje uno por uno. Los supuestos polizones éramos nosotros, por supuesto, ya que habíamos hecho la reserva por internet y en el paraíso nada es etéreo, todos los bienes son tangibles, excepto los fiscales. La rara fiscalidad de Vanuatu nos dejó perplejos. Apenas existen un par de entidades financieras en la capital y sin embargo está sembrada de «Duty Frees». En los folletos se advierte a los empresarios de las ventajas de trapichear en un edén de tal calibre, siempre y cuando lo hagan mediante los servicios de tal o cual grupo de abogados. ¿Dónde están sus bufetes? Nunca lo supimos, en cambio existe en la isla de Efere, la que acoge a la capital, un soberbio campo de golf a las afueras. También pudimos observar que se practica el tiro con arco, y me refiero al olímpico, no al que se ejerce con el ánimo de cazar. Los sábados se acude a ver partidos de balompié, aunque lo contemplen desde fuera del estadio —si es que se puede calificar así, porque apenas tiene asientos— subidos a los coches o trepando a un cocotero.

   Los vanuatinos (supongo que el gentilicio se escribe de este modo) no tienen costumbre de pedir limosna, prefieren venderte algo, por ridículo que parezca, desde un colgante a una camiseta, y si un suceso tan excepcional llega a producirse es normal que alguien les afee la conducta. También usan teléfono móvil, circunstancia que contrasta con su modo de vida. Resulta extraño verlos en Tanna con un machete en la mano y un celular en la otra. El paraíso melanesio es un edén con ciertas comodidades, las imprescindibles, que permiten todavía el desarrollo de la naturaleza en un estado salvaje, lo mismo por tierra que por mar. Helena, mi compañera sentimental, consiguió hacerse de nuevo con una cámara desechable para realizar fotos subacuáticas y antes de irnos se metió un remojón, resultado del cual podemos ahora ver, por ejemplo, estas cuatro formidables instantáneas del arrecife coralino de la isla de Iririki, tomadas a escasos metros de la costa. La verdad es que le hubiese gustado tener varias máquinas para recoger en toda su belleza lo que se mostraba a sus ojos, porque tan sólo pudo robar al océano veintisiete imágenes. Con ellas, poco a poco hemos comprendido que la vida nómada que hemos llevado en Nueva Zelanda desde finales de octubre paulatinamente desaparece de nuestra memoria y nos cuesta recordar dónde hemos estado y lo que hemos visto, los detalles se esfuman rápidamente de la cabeza. Las fotografías ayudarán a recordar desde la nostalgia. Ahora sólo es cuestión de relajarse un poco antes de emprender el largo viaje de regreso a casa.

   

   

  Sólo nos quedaba por visitar en Vanuatu -aparte de ochenta islas, o sea, todo el país- las famosas Melè Cascades y el Jardín Secreto, las dos excursiones próximas entre sí y ambas en las inmediaciones de Port Vila, para que no se diga que ni siquiera hemos visto lo más próximo a Iririki. El sábado me levanté por la mañana con las tripas revueltas, desconozco si debido a la sofoquina que llevaba encima del día anterior (vuelvo igual de rustido que un lechoncillo segoviano) o por las aguas de la zona. Aunque sólo tomo agua embotellada, a fuerza de helados, cafés y batidos, puedes pillar una diarrea maja. Me duró hasta la tarde, pero luego remitió aplicándole la misma medicina: más sol, más helados y más batidos. Es lo que tiene el tercer mundo: nunca sabes cómo pillarás cualquier zangarrana, así que, para desterrar lo nocivo, no conviene cambiar de hábitos. Es una táctica idiota, lo reconozco, pero funciona. Si algo de lo que comes o bebes te sienta mal, repitiendo la hazaña tendría que sentarte peor. Como no fue el caso se puede deducir lo siguiente: o soy de hierro o fue otra causa la que fastidió mis tripas. No lo consideré grave, tan sólo molesto, y no desistí en mi empeño de hacer la excursión. Jodido pero contento conseguí llegar a las casacadas del pueblo de Melè, que no están ni a diez kilómetros de Port Vila, dando tumbos por una de las escasas vías asfaltadas del país. Es absurdo coger un taxi hasta allí, aunque sean económicos -por doce euros al cambio podría salirnos el viajecito- es más coherente utilizar la manera de los lugareños. Consiste en extender el dedo índice a la altura de las caderas con el propósito de indicar a una de las furgonas que recogen viajeros nuestro interés por el transporte, una mezcla de autobús y taxi. Antes de subir apalabras con el conductor la cantidad de dinero que abonarás al final del recorrido, metes el culo donde quepas y adelante con los faroles.

      

  El único contratiempo de viajar de este modo es que dependes de los acontecimientos. En cualquier instante puede subir abordo otro pasajero, cargado con una ristra de gruesas bananas, y demorar tu llegada un cuarto de hora más. Se respeta el sentido de la marcha, pero te mueves en zigzageando, así que el viaje se eterniza. No hay demasiada prisa en Vanuatu, el estrés es una enfermedad desconocida por estos lares, así que a nadie se le pasa por la mollera escandalizarse por una razón tan peregrina. Y menos a un extranjero, que se supone que goza de todo el tiempo del mundo para conocer el país. Através de las ventanillas tienes la oportunidad de acceder a un territorio vedado a los foráneos, que sólo aparece cuando te dejas llevar por sus costumbres y compartes sus hábitos. Tanto a la ida como a la vuelta nos apeamos los últimos y durante el trayecto, todavía en la capital, sorteamos un coche que yacía en pleno asfalto, como si hubiese volcado la noche anterior y allí mismo se hubiera quedado desde entonces. En la misma postura en la que se produjo el accidente, volcado sobre las puertas de su izquierda y encajado sobre la cuneta, cubriendo la mitad de la calzada. Había sido la del viernes una noche de enorme escandalera, porque hubo concierto de reage —que en Vanuatu causa furor— y los altavoces atronaban toda la ciudad, hasta el extremo que nos llegaban nítidos los berreos de las canciones hasta la otra orilla, en la isla de Iririki, colándose hasta nuestro dormitorio como si tuviéramos el micro del cantante en el almohadón y los bafles en las orejas.

      

  Los sábados, en Vanuatu son más lentos que cualquier otro día, si excluimos los domingos, cuando el pulso de Port Vila se reduce de forma ostensible. Los lugareños se acercaban a las playas cercanas o realizaban las compras del fin de semana, jugaban a la petanca o preparaban en sus hornos —excavados en el suelo— el festín de la comida. Desde el taxi-furgona podíamos cotillear a placer el trajín y los tejemanjes que se llevan estas gentes y que tan rara impresión nos produjo el día de nuestra llegada, donde encontramos la ciudad inhóspita y más dura de lo que es en realidad. Al llegar a las Melè Cascades, y tras pagar la correspondiente entrada, nos topamos con las obras de ampliación de sus baños, en cuyas aguas chapoteaban tan rícamente los portvilanos. Las Melè Cascades se forman en el cauce de un río cristalino que, de forma apacible, va saltando entre las piedras y creando a su paso un montón de piscinas naturales. A su entrada, más accesible, se han creado unas instalaciones que comprenden una serie de habitáculos para cambiarse de ropa o ducharse y una serie de bares y restaurantes, sin embargo, y a medida que vas ascendiendo hasta el nacimiento del río, te topas con pequeñas ensenadas y minúsculas lagunillas, que animan con su arrullo a retozar un rato. La subida, a paso tranquilo, no lleva más de tres cuartos de hora, aunque a menos de la mitad de camino te da a entender que resulta imposible cubrir buena parte del trayecto sin mojarse al menos las canillas. Si quieres completar todo el itinerario, hasta la cascada final, donde se supone que ncae el río, conviene descalzarse y llevar puesto el bañador, porque has de cubrir el camino agarrado a una cuerda para no darte una trompada. Yo estaba para pocos trotes, pero Helena se animó hasta el final y una vez bajo la cascada dejó que el agua le cayera encima hasta calarla por completo. Se la veía muy contenta.

  Al regresar tomamos una bifurcación que llevaba hasta un alto, donde pudimos otear la jungla que rodea la capital del país y el Océano Pacífico al fondo. Durante toda la excursión nos rodearon las flores, inmensos bambúes y hojas de palmera, las mismas que utilicen los vanuatinos a modo de plato en sus comidas, además descubrimos que el paso que cubre todo el recorrido de las Melè Cascades se corta a menudo por los senderos que parten de aldeas remotas. En tres o cuatro ocasiones nos encontramos con lugareños que aparecían de pronto entre la espesura y que luego tomaban direcciones para nosotros desconocidas. Si no sabes por dónde vas es una locura adentrarse en la selva, aunque no sea realmente una jungla —tal y como nosotros la entendemos, con sus fieras salvajes, al estilo africano— perderse es muy sencillo. La frondosidad y el crecimiento vegetal, gracias a las lluvias y el calor reinante, obligan a utilizar un machete para ir abriendo camino y los turistas, una vez fuera del sendero marcado, son como peces fuera del agua.

      

  El regreso lo hicimos andando, que es la manera más práctica de conocer las barriadas y el pueblo de Melè, que da nombre a las cascadas. Fuimos por la cuneta rumbo al Jardín Secreto, que está a menos de media hora, porque nos resultaba ridículo coger un vehículo para llegar hasta allí. Y no fue porque no nos pitaran por la carretera. Queramos o no teníamos una pinta de guiris que tiraba de espaldas, y cuando un guiri va a pié entienden los lugareños que es, sin duda alguna, porque no ha encontrado un vehículo que lo lleve, así que los ofrecimientos de los taxi-furgonas formaron una banda sonora, al menos hasta que no circuló ninguno en nuestra dirección. Durante el camino nos íbamos saludando con los lugareños igual que en cualquier pueblo europeo, como si realmente nos conociéramos, aunque en Vanuatu las formas del trato resultan siempre de una ingenuidad entrañable. Sobre todo cuando, por muy morenos que estemos, se nos nota en la jeta que somos de fuera. Para los más miedosos, la peña que tiende a sentirse más tranquila cuando nota una evidente presencia policial en las calles, les diré que es raro encontrar por Vanuatu agentes del orden público. O son escasos o van a su bola, sin embargo en ningún momento hemos sufrido ningún encuentro desagradable, salvo el tonto del haba que comenté en la crónica anterior, cuyos efectos remitieron en seguida y que no vienen al caso. Salvo error u omisión se puede andar por Vanuatu sin complejos ni paranoias, y eso que es un país de honda raigambre machista, de roles muy marcados.

      

  Llegué al Jardín Secreto con la impresión de estar deshidratado y metiéndome mis buenos tragos de agua mineral, buscando la sombra. El Jardín Secreto, a mi escaso entender, goza de un nombre que induce a equivocos porque realmente no es un jardín ni tampoco resulta secreto, pero debieron de bautizarlo así con un propósito publicitario que, en nuestro caso, surtió el efecto deseado. Tras abonar la entrada nos topamos con un mar de letreros explicativos, por supuesto en inglés, y enseguida nos dimos cuenta de que, para leerlos todos, tendríamos que emplear varios días y aún así nos dejaríamos unos cuantos. Según recorríamos el camino del Jardín, íbamos comprendiendo que la visita a sus instalaciones era obligada, al menos, si se quiere comprender la esencia del archipiélago de las Vanuatu. Conviene pues llegar al país y dirigirse directamente a dicho Jardín, no como nosotros, que fuimos al final. Teníamos una idea de las islas tras nuestra visita al Museo Nacional, pero muchas preguntas habrían obtenido una respuesta si hubiésemos sabido que el Jardín Secreto, en lugar de despertar absurdas fantasías, resuelve muchas dudas. Una guía como la que adquirimos en Auckland, sirve para funcionar sobre el terreno pero no despeja las incógnitas que surgen a medida que descubres el país. Evidentemente habíamos acudido a Vanuatu con el sano propósito de descansar, pero si tienes el coco abierto es lógico que surjan las preguntas. El Jardín Secreto es una Unidad Didáctica sobre Vanuatu. Puedes ver su vegetación en vivo, con sus respetivas explicaciones al respecto. Te explican los tótems, que no están realizados en madera de palma, sino con el tronco de un helecho. Muestra el Jardín las chozas de los indígenas de todas las islas, pudiendo entrar en ellas y observar sus semejanzas y sus diferencias, según el enclave, el clima y sus habitantes. Te muestran la fauna del lugar, la observas con tus ojos y te cuentan mediante carteles cuáles son sus hábitos y cómo viven. Desde las horripilantes arañas del cocotero hasta los denominados zorros voladores, vulgarmente conocidos como murciélagos, te encuentras con patos que son tan grandes como ocas, loros, iguanas y serpientes.

      

   La visita al Jardín Secreto es una soberbia y humilde lección sobre las islas, donde toda la información se reproduce mediante letreros con vulgares folios plastificados, y que, sin embargo, responde como ninguna otra información a las múltiples dudas de los viajeros que paran en las islas. Existen además un par de merenderos, donde puedes traer tu comida o encargarla, y como al mismo tiempo es la vivienda de los dueños del Jardín, puede el viajero en cualquier instante preguntar cualquier duda a los lugareños, que están, según dicen, precisamente para atenderlas. De paso les vemos preparándose la comida del sábado en su horno tradicional, excavado en el suelo, como dicta la costumbre, cubierto con sus hojas de palmera y piedras ardientes. Tenemos acceso a conocer cómo son las raíces de kawa, la primera foto al pie de estas lineas, y cómo se ha creado una artesanía en torno a esta bebida, con vasos de coco y en esta ocasión una fuente con forma de tortuga. Conocemos cómo eran las viviendas de los últimos caníbales de la región y nos hacemos una idea más clara de lo que representa para este pueblo el culto al cargo, la obediencia al jefe y su dependencia de los cerdos. En Vanuatu, más concretamente en la isla de Tanna, cuando fuimos al volcán Yusur, encontramos jabatos por las cunetas. No vimos grandes puercos, y menos de los que tienen cuernos en espiral. Deben estar a buen recaudo porque siguen siendo valiosos. Si un cuerno se enrolla una vez sobre sí mismo significa que su propietario —me refiero al animal— tenía siete años cuando se lo cortaron, y si se enrolla dos veces que alcanzó los catorce años de edad. Dicho cuerno se utiliza para fardar a modo de colgante. Con el abalorio dan a entender que, en un país tan pobre como Vanuatu —si bien es muy rico en recursos naturales— el dueño del cerdo goza de un poder suficiente como para alimentar a un gorrino macho durante siete años —o catorce, llegado el caso— sin disfrutar beneficio alguno del bicho en cuestión hasta el momento de la matanza. Así dan pávulo a todo tipo de habladurías, pues sobrentienden la posesión de una piara abundante, suficiente en todo caso para organizar suculentos festines y postularse de este modo a la jefatura de la tribu. A los vanuatinos les gusta darse el pingüe, son pegoteros.

      

  Salimos del Jardín Secreto habiéndonos hecho una idea de lo que es Vanuatu, de su historia y sus raíces, y aún tardamos un rato en encontrar un taxi-furgona. Cuando buscas algo, siempre se hace de rogar. Fuimos a tomarnos unos batidos al Café Nambawan, o sea, en el Número Uno, del "waterfront". Para entonces ya estaba algo menos indispuesto y el resto de la jornada fue más tranquilo. Hicimos las maletas y nos entregamos a un sueño medianamente reparador. Las noches del sábado son similares a las del viernes en Port Vila, animadas y jolgoriosas. Los adventistas habían desmontado los puestos navideños y se escuchaba fuerte y clara la música del concierto del sábado. Celebramos nuestra despedida del país acudiendo al Sunset de Iririki para contemplar una hermosa puesta de sol sobre el horizonte. Al día siguiente nos aguardaba el largo viaje de vuelta a casa.

  Pasaríamos la última jornada en Nueva Zelanda, precisamente en Auckland,nuestro punto de partida, en el Backpackers de Queen Street —el territorio de los mochileros— donde nos esperaba el resto del equipaje, y al día siguiente tomaríamos un boeing rumbo a Singapur, el 777 desde el que escribo estas líneas. Todavía recuerdo que cruzamos por última vez el Pacífico en la barcaza desde Iririki a Port Vila, llevándonos con nosotros un buen número de corales que encontramos en la playa. No lo pude evitar. Tomamos el último café en el Nambawuan, mientras los extranjeros conectan por el wireless con internet y los lugareños pasean a la orilla del océano. Nos montamos por última vez en el taxi-furgona que nos condujo al aeropuerto y en la aduana me atendió una funcionaria del Estado saludándome con un perfecto "buenos días", porque estaba aprendiendo el castellano. Abandonamos el país con nostalgia, sabiendo lo que nos perdíamos, imaginando que alguna otra vez, quién sabe cuándo, podríamos afrontar el gasto que supone conocer las islas de un océano tan enorme como plagado de sorpresas. Durante el vuelo a Auckland me limité a pensar en cómo diablos explicaríamos, si nos pillaban en la aduana, que llevábamos encima semejante carga de "animales muertos". Los corales, a fin de cuentas, ¿no son animales?


AUCKLAND

 

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