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Las Malas Influencias

cada uno de los escalones de una quiebra puede reventar todavía en muchos momentos de esplendor, pero mi camino hacia el éxito cuajaba ya por otros derroteros.
      La relación con mis padres durante este tiempo se devaluó a marchas forzadas. Había cruzado la frontera entre vivir del cuento y vivir del aire. Cuando se enteraron de mi decisión de abandonar el teatro y continuar escribiendo se llevaron las manos a la cabeza. Se lo comuniqué a las Malas Influencias, para que se fueran buscando un sustituto y como era de esperar tampoco les sentó bien. El día que dejé el teatro fue muy triste, pero el proceso de llegar a la última función duró meses. Mi padre, durante ese tiempo, procedió a atornillarme las clavijas y mi madre me prestaba su apoyo en secreto, pero mi ex , por lo visto, no se esperaba una medida tan radical. Yo creía tenerla al corriente, pero en el fragor de los acontecimientos debí confundirme. Así que cuando dejé el teatro - y con el propósito de escribir una novela me recluí en casa -, la pillé a contrapie. Es lo que me dijo.
      Lejos de aumentar mis publicaciones en el periódico, empezaron a menguar. Lo mismo le ocurrió a mi autoestima. Creyó mi ex que era el instante adecuado para concebir un hijo y yo, como un inconsciente, me puse a la faena. Con el trajín debí alegrarme y entre el embarazo y el parto volví a campar por mis respetos.  Al principio como técnico de luces, asistiendo más tarde al cursillo de Strasberg en la ciudad y luego pensando ya en crear una productora. Pero el momento cumbre del regreso tuvo un detonante. Llegó cuando no pude colocar la novela que tanto me había costado escribir en las editoriales de Barcelona y de Madrid,  caí en una depresión  fascinante. Mientras la atravesaba nació mi hijo y la mejor forma que se me ocurrió de ganar un dinero fue volver al teatro. Cualquier imbécil, según mi padre, hubiera hecho lo mismo, así que cuando le expliqué mis pretensiones de no trabajar como actor sino desde un ángulo más gris, el de la promoción, todo aquel «remake» proyectó en él una conmoción de dimensiones desconocidas.
      Con lo que quedaba de Mis Malas Influencias levanté Collage entre París y Zaragoza, y después del estreno me busqué un local, que ahora es mi casa. El matrimonio se fue desmoronando y la productora también. En medio de la debacle conocí a quien sería desde entonces mi compañera sentimental. A raíz del encuentro surgió la publicación de la novela, una feliz circunstancia que fortaleció mis ganas de escribir otra vez. Así que tras la distribución de Un héroe del Jaleo, de Kostia Producciones, bajé la persiana del teatro y eché el cierre. Los papeles de mi  separación matrimonial llegaron casi al mismo tiempo, y aunque asistí a dos cursillos de clown no pude recuperar ya el gusanillo de actuar en público. A la hora de escribir me pasó igual. Durante una buena temporada se me borró la sonrisa de la cara y empezó entonces lo que mi padre calificó como «la travesía del desierto» y que no es otra cosa que el peonaje, la llegada a la fábrica.
      Podría enterrarse toda mi experiencia teatral bajo una losa y levantar encima un mausoleo a las Malas Influencias. Podríamos colocar una chapa donde se explicara que la fatalidad me unió a unos indeseables, una gente de lo más bohemia que me condujo por el peor de los caminos hacia un callejón sin salida, pero mi viaje duró la friolera de doce años y no escarmenté, así que algo puse de mi parte. No sólo dinero y esfuerzo sino también mucha ilusión y enormes expectativas. El teatro es una escuela impagable, un mar de experiencias. No me arrepiento de haber disfrutado y sufrido como lo hice, porque se aprende a manos llenas.

Las Malas Influencias
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