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Las Malas Influencias

cionista que no se sintió aludido. Sólo vio que un grandullón  se me subía literalmente a la chepa y que yo me dejaba hacer. Fue la constatación de sus sospechas... Las Malas Influencias me utilizaban de forma sangrante. El director, al que Mis Malas Influencias y un servidor habíamos contratado con las pasta de la subvención para el montaje anterior (y para tres más si funcionaba), era sin duda un tipo listo.
       El papel me sentaba como un guante. Hasta tuve que ponerme cachas y aprender acrobacia. Al fin y a la postre era una obra coral, que dicen ahora. De hecho éramos un coro de jóvenes contando la historia de Antígona, aunque lo hiciéramos desde un andamio y con materiales de construcción. Lo que más le gustó a mi madre fue que, para cantar y tocar en el espectáculo, empezara a recibir clases de solfeo y de piano. Igual así le sacaba partido al piano que tenía en casa.
      Se me complicaron un poco las cosas con el cartel anunciador del sexto espectáculo, que mostraba a nueve mozalbetes con el culo al aire. Uno de los culos era el mío y mi padre, para qué decir más, descifró aquel póster como el colmo de la rechifla. Se negó en redondo a creer que le estaba hablando en serio cuando le explicaba que habría sido peor una foto frontal. Mi madre, atónita, contemplaba aquel póster pegado en su propio barrio, en la puerta del mercadillo: un cartel que su propio hijo había instalado allí la noche anterior mediante el rústico procedimiento de la cola y la brocha. Sabía que el montaje había sido financiado por el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas y temió que aquello fuera una bacanal. Recuerdo que para conseguir la financiación de La luna en un charco estuve persiguiendo a los políticos por los urinarios de la I Conferencia de Teatros Públicos El impuesto que hay que pagar por una coproducción es el trasiego en los mingitorios, una faena estresante donde las haya. Poco tiene que ver el suceso con una orgía pero es lo más parecido que se me ocurre. Mi madre tenía conocimiento de mi estrés por los objetos que depositaba en mi cuarto. Y el cubo chorreante de cola que amaneció esa mañana a los pies de mi cama no era de los más extraños, de modo que tragó quina y me sugirió una publicidad menos chabacana. Después vio el montaje, donde interpretaba el papelito de un joven muy apasionado por su profesor de casa de juventud, y  la pobre rayó el delirio. Debió de creer que en el  fondo de mis entrañas latía el difunto Rock Hudson y me quiso pagar un curso en América con el Actor's Studio.
       Jamás la creí. Las soflamas de mi padre sobre la indolencia, el mal ejemplo que estaban recibiendo mis hermanos, y sus continuas alusiones a mis hormonas del crecimiento, hicieron el resto. Y arreciaron desde entonces en proporción geométrica.
      Mis Malas Influencias y yo nos fuimos a Madrid a producir el séptimo espectáculo, La Tragedia de Coriolano —un Shakespeare— y como la presión era ya insostenible levantamos el octavo en Lisboa. Y un día me dijiste, de Julio Alejandro, con Helder Costa de director y escenografía de Antonio Saura. Después ya no se pudo sostener. O no pude sostenerme. Para entonces ya había cometido la estupidez de casarme en secreto. Es decir, en la más estricta intimidad. Vivía en un céntrico apartamento de cuarenta metros y había empezado también a publicar con más asiduidad  en el periódico, hasta el punto de albergar fundadas esperanzas. Pasé a ganar quince euros de ahora por artículo. Y luego veinte, donde me estanqué. Más tarde se destapó el fraude que tenía montado un canalla del periódico con el pago de las columnas en la sección de Opinión, pero quedó en un segundo plano cuando murió el jefe y la cabecera cambió de manos. Entre tanto, mi ilustre compañía de Malas Influencias y un servidor, nos pusimos a escribir y luego a montar el que sería mi noveno y último espectáculo, Géiser. Y lo hicimos ahogados en deudas. Cuando yo me fui cambiaron el nombre de la última obra y se largaron a Moscú para trabajar con Dodin. Luego a Buenos Aires para montar Nudos, de Mario Fratti, con Carlos Gandolfo. Después regresaron a Madrid para hacer Los días felices de Beckett, dirigidos por John Strasberg. Y finalmente De miedo y Oro, de Herrero Mingorance. Cuando me largué no pensaba que iban a realizar tres espectáculos en mi ausencia y que recorrerían tres países más. Me di cuenta que había menospreciado  la capacidad de  endeudamiento y que todos y

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