|
Lo soltó de tal forma que me puso los pelos de punta. A ella le van más los actores tipo Paco Valverde, Osinaga, Bódalo, Rodero, y si apuras también Marsillach. Tiene un barniz cultural y una vena bufa, sobre todo cuando le da por hablar de Maitreya o te regala un libro de Lobsang Rampa. No creyó que mi aventura en el teatro fuese a cuajar por ninguna parte, pero a menudo recuerda su propia infancia y lo bien que se lo pasaba organizando comedias con las amigas del barrio. Si tiramos de este cabo suelto pierde mucha fuerza en la pegada. Lo mismo le ocurría a mi padre, cuyo mayor entretenimiento, antes incluso de la jubilación, era coger un lienzo y darle a los pinceles.
La primera función de la primera obra que representé, estaban los dos preparados para cualquier cosa. A mi madre la dejó fría, tal vez por eso batió palmas durante el aplauso. A mi padre lo dejó caliente. Fue con los alumnos de la escuela donde estudiaba teatro.
Allí montamos un grupo que duró un espectáculo — Improvisaciones paternomortales —, una recopilación de las escenas que habíamos trabajado durante nuestro proceso de aprendizaje. Representaba varios papeles y para caracterizar al primero compré un buen montón de lana blanca. No recuerdo cuántos kilos gasté para coser un disfraz de perro san Bernardo. A la hora de saltar entre las butacas me tiraba horriblemente de la sisa y a medida que pasaba el tiempo me iba ahogando en mi propio sudor. Mi madre jamás me tuvo en cuenta semejantes comienzos. Debió de intuir que al principio todo el mundo empieza ladrando. Y se fijó en la siguiente, a la que consideró realmente la primera y no un pinito experimental. Era una dramatización de los poemas de Bécquer titulada Variaciones en Rima IV. Y le pareció un avance. A mi padre en cambio se le antojó una melonada, dicho lo cual me pilló de la oreja y me llevó al taller por las tardes. Sólo un par de horitas, para que fuera cogiendo el aire a su negocio y por un módico precio, por supuesto. Para salir de allí tuve que emplearme a conciencia. Lo más contundente que se me ocurrió fue abandonar una botella de vodka medio vacía en el cajón de la oficina. A mi padre aquel hallazgo le provocó flato.
Y a mi madre la segunda obra la dejó pasmada. No esperaba encontrar a su hijo mayor literalmente en pañales. Iba con las rodillas en carne viva de tanto gatear por la tarima y casi afónico, por la formidable berrea que estaba montando. El evento tuvo lugar en la principal sala de teatro de la ciudad y aunque cualquier madre es capaz de comprender la diferencia entre hacer de perro y hacer de niño, la mía entendió la obra como un retroceso. La obra en cuestión fue La Apertura de la puerta del Sol, de Alegre Cudós, un escritor de inteligencia prodigiosa al que según mi madre le perdía la halitosis.
Al estreno fue poco público pero las críticas fueron buenas, de modo que obtuve un aplazamiento. Tanto para el servicio militar, del que años después me exonerarían por indulto (igual que un ninot), como en la opinión materna, enraizada en el principio de quien calla otorga. Entre un espectáculo y otro había salido en la radio —todos los días y casi durante un mes—, lo que de alguna forma podía nivelar la balanza. Incluso comencé a publicar un artículo en el dominical del periódico más antiguo de la provincia, por el que cobraba diez euros de ahora. Por si fuera poco tuve la suerte de impartir clases por primera vez en el Aula de Teatro de la Universidad, donde comenzamos a preparar Insultos al público, de Peter Handke. Es verdad que no la acabamos nunca. También es cierto que nos pusimos a dirigir a los alumnos de gratis, mientras el rectorado nos iba arrinconando. Empezamos a ensayar en el teatro del colegio mayor y terminamos el «mobing» junto a los retretes del sótano. Si trabajas en cuestiones artísticas sueles callarte estas desdichas. Los espectadores la gozan oyendo a los quejicas.
Pese a estar en la ignorancia, llegó el tercer espectáculo y mi madre se sumió en una honda preocupación. Había perdído veinte kilos de grasa corporal. Si los hubiera perdido ella estaría como unas castañuelas pero los perdí yo, de golpe y en apenas un mes. Con lo que jode. De hecho no hay nada más lacerante para una madre que la mala alimentación de sus vástagos, aunque no tuviera ella nada que ver. Tuvo la culpa de aquella pérdida man- |
|