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La Bohemia

parse conmigo. No obstante y con su magnífica verborrea, dejó caer que si a la alcaldesa le quedaba un telediario, no lo iba a presentar yo.  Y así fue. Aunque continué escribiendo me publicaron menos, circunstancia que me empujó a contemplar la profesión desde otras perspectivas.

El computador

       Pensé que me facilitaría la vida comprar un ordenador, pero mi ignorancia informática era grave, tan embarazosa como insistir en publicar siempre en el mismo periódico, que era una atadura mental. Como disponía de poco dinero, mi primer ordenador tuvo menos memoria Ram que un disco compacto y además funcionaba a comandos. La impresora hacía el mismo ruido que la máquina de escribir, aunque no era igual escuchar el dulce ronroneo del teclado que el rudimentario chasquido de la Olivetti. Cambié de aparato porque mi domicilio era pequeño, no porque creyese en la informática. Un ametrallamiento con mi máquina de escribir de un par de horas era suficiente para  que mi ex se tomara una tortilla de paracetamoles. Llevaba el tormento con resignación pero dio un suspiro de alivio cuando el computador entró en casa. El periodo de aclimatación a la tecnología duró bastante. Mi primer logro fue formatear el disco duro y dejar la pantalla en coma profundo, los autodidactas aprendemos sobre la marcha y así nos va,  pero todavía guardo los «flopis» donde empecé a clasificar mis artículos. Incluso parte de la novela que escribiría después, cuando mi ex y yo nos fuimos a un piso más grande, lejos del centro y al lado del seminario —donde hoy está el nuevo ayuntamiento— en los albores de Casablanca. La misma mudanza y los vecinos que florecían allí de manera salvaje eran muy sugerentes. En el apartamento anterior tenía poco roce, la naturaleza del edificio fomentaba largos pasillos y separaba las escaleras del ascensor mediante gruesos cortafuegos. El nuevo bloque, sin embargo, era una magnífica grillera regentada por un portero y su mujer, que se ocupaba de la limpieza. Su incurable cotilleo y mal disimulada curiosidad, levantaba pústulas entre propietarios e inquilinos, pero me ofrecieron el marco idóneo para la novela.
     La tarea fue más dura de lo que pensé en un principio. Cualquier interrupción me desconectaba, parecía un ciclotímico al borde de un ataque de ansiedad. De hecho sufrí unos cuantos, de los que me recuperaba dando un paseo hasta Urgencias. La ansiedad me acompaña desde que comencé a morderme las uñas, y se manifiesta en ocasiones de forma ligera, mediante una arritmia. Otras de un modo menos benevolente, con una sorpresiva palpitación. Y en general se mantiene dormida, igual que una larva en su capullo. El capullo de lo que iba escribiendo engordaba con los meses y el material era tanto que llegó un momento en que desconfié de mis capacidades. Ya guardaba en el cajón dos manuscritos, Exabruptos (1979) y Finlandia (1982). Nunca consideré su publicación, pero cpnstituían mis narraciones más largas, ya que el resto eran relatos : los que enviaba al dominical del periódico, los que había escrito en la universidad mientras estuve en Falca (a la que me referiré después) y los que publiqué en las compilaciones del premio ciudad de Zaragoza.
      Nunca me han gustado los concursos pero en dos ocasiones me presenté, la primera con Claxon (1982) y la segunda con La carta más baja (1986). Así que a  la hora de escribir una novela me faltaba experiencia. Las críticas literarias que publiqué durante esa temporada en el suplemento de Artes y Letras del periódico eran el fruto de un requerimiento personal. Me habia propuesto leer por lo menos un libro a la semana, y debía rentar la compra. Si de los artículos de opinión se desprendía la oportunidad de impartir un par de conferencias, las aceptaba. Si gracias al hábito de la crítica surgía presentar los textos de otro en cualquiera de las librerías de la ciudad, también aceptaba el compromiso. De estas actividades no sacaba un céntimo, pero no podía negarme. Lo pasaba bien y lograba distraerme de los problemas de peso que manifestaba mi novela. Tal vez fueran los mismos que tenía yo.

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