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La Bohemia

Escribir teatro    

       El argumento de Géiser se desarrollaba en los depósitos de un juzgado, justo donde al día siguiente se iba a realizar una subasta pública. Mediante una cuerda, tres sombras se deslizan hasta el sótano desde una claraboya. Linternas. Susurros. Nervios a flor de piel. Cuando adquieren confianza y encuentran el interruptor de la luz , los sujetos descubren en el almacén, junto a las pertenencias de otros infelices, buena parte de los bienes que les han embargado .Y se disponen a recuperarlos. A medida que transcurre la obra, el público va comprendiendo que aquellos tres incompetentes ladrones son en realidad tres actores en bancarrota... Géiser reflejaba nuestra impotencia, pero también nuestras cualidades. La de escribir a seis manos, por ejemplo, y bajo pseudónimo. Detrás de Cecilio Diohaser —un dramaturgo que nos habíamos inventado, insigne aragonés en la diáspora— firmábamos el texto la actriz y los dos últimos actores que habíamos resistido en la compañía a todas las tormentas. Incluso a las nuestras.
       Era la primera vez que nos enfrentábamos al reto de dirigirnos entre nosotros, pero también al de escribir la obra que íbamos a representar. Salvo en los inicios de la profesión, donde se cometen algunas imprudencias,  nunca había tenido la oportunidad de escribir teatro. Hasta ese instante las versiones de un texto surgían de los ejercicios de improvisación, excepto en La luna en un charco, donde constituyeron la base. La dramaturgia, en cualquier caso, fue responsabilidad del autor. Y el autor siempre era otro.
       Para elaborar el texto nos reuníamos todos los días a las siete de la mañana, junto a la potente chimenea de leña que templaba el local de la avenida de Cataluña. La vieja nave industrial, con sus tirantes colgando del techo entre las pilastras, estimulaba en aquella época mi melancolía. Habíamos trabajado allí más de quince personas a lomo caliente y según se desgajaban del grupo los integrantes, el local se iba tiñendo de una magia triste y extraña. El encantamiento se agudizó durante los ensayos técnicos de un efecto de levitación, el truco de magia que introdujimos en la obra. La ausencia de gravedad fue siempre nuestro recurso más notable. Pondré unos sencillos ejemplos.
      Para denunciar las corruptelas y amiguismos en la administración convocábamos una rueda de prensa. Para solicitar audiencia con el consejero de cultura, practicábamos acrobacia a la entrada de su despacho. Para conseguir una subvención, vigilábamos a los políticos en los retretes. Para hacer publicidad de un espectáculo, plantábamos la escenografía en la arteria principal de la ciudad y tocábamos la música en directo.  A este tipo de acciones las denomino «de ausencia de gravedad».
     Dicha práctica se redujo a mantener  una actitud despierta y positiva, puntualmente beligerante, pero regada siempre con sirope de candidez. Éste comportamiento, entre ingenuo y orgulloso, a la mayoría de los profesionales y cargos públicos de nuestro ámbito territorial les pareció muy conflictivo. Recibíamos como respuesta  tales golpes que en vez de bajarnos de la moto nos consagraron al martirio. Del estrangulamiento económico sólo pudimos defendernos mediante armas secretas : nuestros próximos espectáculos.
      Al calor de la chimenea y mientras escribíamos Géiser, me dejé envolver por la desolación de un local con demasiado eco pero empapado de vivencias. Me sentía un superviviente y al mismo tiempo un cadáver. Uno de aquellos tres náufragos que apuntaba sus ideas al resto y después hacía una valoración de las posibilidades. Tardamos en comprender que el espectáculo era una lancha inflable, nuestra tabla de salvación. Ni siquiera teníamos la seguridad de estar siguiendo el método más útil para nuestro desarrollo como actores, pero no había otro y según avanzábamos llegó a perfeccionarse. Las ideas generaron imágenes de conjunto, sensaciones que podrían dar juego durante el montaje. En lo álgido de la creación nos quitábamos la palabras de la boca

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