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de Lagartija para invitarme a Madrid, donde acudí a visitarle en tres ocasiones. La primera conocí a Leopoldo Mª Panero en plena movida madrileña y me comí todas y cada una de las esquinas de Malasaña. Fue sin duda mi periodo más frenético y a la vuelta, para hacer gimnasia, me afilié a la CNT (antes de su escisión). Sus manifestaciones eran al trote, pero el proselitismo del sindicato de enseñanza me empujó a la fuga de puro aburrimiento.
Durante la segunda correría en Madrid, Rabo de Lagartija se había hecho tan popular en la tele que huía literalmente de los autobuses escolares, por cuyas ventanillas sacaban el cuerpo enfebrecidas adolescentes que gritaban su nombre. A la vuelta me aguardaba Lord Tieso con sus nuevos fichajes y todavía no sé cómo me colgué del brazo de uno de ellos, que resultó ser la jefa de un batallón de lobatos. Más que un noviazgo fue un juramento scout. Soberbios calentones y viejas canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. ¿Nada serio? Yo entonces tenía por amigo a un chaval que tocaba el piano, de cuyo futuro he conocido después que acabó vendiendo lencería a domicilio. Derrochaba una sensibilidad especial para la M úsica pero también un insólito sentido de la lealtad. Tras la rectitud de sus principios se ocultaba un asaltanovias muy educado, de los que te piden permiso para intentarlo con quien acabas de romper o te está dando calabazas.
El Pianista, junto a la joven que decía mantener una relación con un sujeto que estudiaba teología, eran compañeros míos en el curso de orientación universitaria. Viene esto a colación porque antes de salir con la boy scout, lo intenté con una pánfila monísima. La pánfila se negó porque iba detrás de un americano, un soldado de cuando estaba la base por estos andurriales. Le conté mi fracaso al Pianista y tras consolarme como un amigo, empinando el codo y ahogando las penas en alcohol, le faltó tiempo para pedirme permiso y probar suerte con ella. Me cogió de sopetón y como no me comprometía a nada, le dije que adelante con los faroles. Luego se quedó a dos velas, por supuesto, pero hablo de los hechos y no de los resultados. Al Pianista no le descorazonaban los fracasos. Antes de la pánfila y de la boy scout, la joven que salía con un seminarista y un servidor continuábamos tonteando. Debíamos de tontear tanto que el Pianista se adelantó pensando que íbamos de broma y me pidió permiso antes incluso de que yo hubiera declarado mis sentimientos. ¿No es el colmo? Con objeto de lograr bola extra, cogí por banda a la muchacha y la puse en antecedentes. Ella me soltó que aquella confidencia le llegaba tarde, que ya había despachado al Pianista con una carcajada y que el asma, de tanto reírse, la estaba matando.
El Pianista se fue a la mili y le tocó en Aviación. Yo seguía pidiendo prórrogas y me enteré del precio del costo por medio de otro amigo, un dandy de ojos azules. Un jovencito delgado, a cuya percha le sentaba como un guante cualquier camiseta. El Dandy sintonizaba en banda ancha y se llevaba de calle a las hippies. Curiosamente le daba por escribir, y lo hacía bien aunque era muy discreto. Los dos estábamos preparando el acceso a la universidad cuando me lancé al buen tuntún a publicar en el periódico. Logré colocar un artículo los domingos, que pergeñaba con un café con leche en las mesas de la antigua cafetería Imperia o en la calle Almagro, donde todavía existe el café Levante.
En el café Levante se reunía la revista Falca, a cuya redacción entré por medio de un alumno acomplejado pero muy orgulloso, colérico en ocasiones pero de buen corazón al que ahora, por gustos y aficiones, se le calificaría de «friki». El Friki, el Dandy y yo preparábamos el examen de acceso en la misma academia. Aunque ambos se repelían, el Friqui era todo un experto en miradas de soslayo. Se fijó en mí no por lo que pudiera escribir, sino por los dibujitos que seguía haciendo mientras tomaba apuntes. Yo al Friki lo veía como un peligro, la imagen de la persona en la que podría convertirme si abandonaba el teatro.
Una noche de verano, en casa de los padres de Lord Tieso, se montó una fiesta que acabó como el rosario de la Aurora. Fue en agosto, bajo el influjo de una potente conjunción estelar. Lord Tieso y un servidor reunimos en sesenta metros a unas veinte personas pero cometí el error de invitar al del piano y a la chica del seminarista, lo que dio lugar a dos pérdidas. Por un lado, se desgajó la ligadura teatral que me unía al anfitrión de aquella juerga y, |
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