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Desde el abismo de la vida
Ros Cihuelo. 32 años. Soltera. Enterradora. Operaria del Ayuntamiento.
      Dos grados de temperatura a cielo raso. Sopla el cierzo de mediados de enero y nos cuelga la moquita de la nariz. La noche se tiñe de malva. Amanece. Y un mar de cruces, lápidas y nichos se dibuja en la ciudad. Un camión viejo se adentra en las naves del cementerio. Viene polvoriento y de vacío. Se detiene junto al vestuario. Tres personas se apean con calma, es la hora del bocadillo y llevan la ropa de faena salpicada de yeso seco. Las tres personas, de manera casi sincrónica, se sacuden el polvo de las perneras. A una de ellas le sientan un poco grandes los pantalones. Salta a la vista. Bromea sobre la talla con los compañeros y de vez en cuando se ajusta la correa del cinturón. Es la mujer con la que habíamos quedado para charlar. Y se llama Ros.
      Mientras sonríe se despoja de los guantes. Franquea la puerta del vestuario y saluda al resto de sus compañeros. Es una persona desenvuelta, con evidente sentido del humor. Apenas lleva un mes trabajando en este oficio y no encuentra razón para perder la sonrisa. Al contrario, se muestra distendida y orgullosa de su identidad. Solamente se conocen en España otras dos enterradoras, una en Andorra (Teruel) y la otra en Valencia. De ambas, hoy por hoy, sólo una continúa ejerciendo, así que la presencia de Ros en la plantilla resulta a todas luces extraordinaria.
      Los operarios más mayores, de hecho, reconocen la dureza del oficio, "una dureza más física que psicológica". Dicen que han visto derrumbarse a muchos hombres. Hombres al borde de una neurosis, que renunciaban al tajo por aprensión. De modo que observan a Ros y no salen de su asombro. No imaginaban que, algún día, vendría una mujer a dar sepultura a los muertos. Para ciertos hombres, por lo visto, el encanto de un ser humano es incompatible a la fortaleza que pudiera desarrollar. Pero ya se van acostumbrando.
«Si por mí fuera,
no existirían los cementerios»
«Siento que mi oficio
es un servicio público»
      Echamos un café en la cafetería del Complejo. Hablamos de las mujeres y de los hombres, y ya, de regreso al vestuario, tuvimos la oportunidad de encontrarnos con limpiadoras, chóferes de funerarias, forenses y hasta incineradores. Las relaciones humanas son idénticas a las de cualquier otro ámbito de la vida laboral. No existe el miedo ni la superstición. Todo el dolor del cementerio se concentra en los familiares de los difuntos, porque aquí, en la trastienda de la muerte, sólo hay sitio para la higiene. Los trabajadores se saludan abiertamente y las puertas se abren a nuestro paso. No hay nada que ocultar. Incluso parecen sentirse agasajados por nuestra visita.
      El encargado repartió faena para el resto de la jornada y con absoluta normalidad seguimos las actividades de Ros por el cementerio. Gracias a Ros, y también a Jesús, el oficial de la brigada de exhumación que compartía el tajo con ella, tuvimos la ocasión de conocer los entresijos del oficio. Ambos montaron en el camión con Eduardo, que se puso al volante, y nosotros les fuimos a la zaga. Durante el trayecto pusieron y quitaron lápidas. Preparaban el yeso. Subían y bajaban tablones. Primero fue un nicho al raso, después otro en una capilla y finalmente, en la de los PP. Pasionistas, una "reducción". La capilla era estrecha y el cadáver a desalojar quedaba cerca del techo. Ros y Jesús se encaramaron al andamio, descubrieron la losa y extrajeron el féretro. Hacía frío. Siempre sentimos frío a la hora de la verdad.
      Eduardo entregó la llave y Ros abrió el ataúd. El cuerpo estaba protegido por una caja de cinc. Ros echó un vistazo. Examinó los restos y por un segundo detuvo la mirada. Fue una mirada imposible, de las que no puedes olvidar. Han sido necesarios dos mil años. Dos mil años, para que una mujer de esta ciudad pueda asomarse a los secretos de la muerte. Y esa mirada de vértigo, de profunda comprensión y de respeto, es la que empuja a Ros a continuar todos los días con su trabajo. Ros se siente orgullosa de la experiencia que está viviendo. Es una experiencia única, de las que te hacen crecer. Extraer los restos y transportarlos hasta la incineradora les ocupó su tiempo. La reducción del cadáver se efectuaría más tarde. A 900 grados. De hecho, las cenizas reposarán en la urna que aguarda ya sobre una mesa. Ros y Jesús, poco antes de regresar al vestuario, nos enseñaron las instalaciones, y como había tiempo por delante incluso hicimos una visita a la fosa común.
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