Desatarse
miércoles 6 de julio de 2011
Sergio Plou
Artículos 2011

  A la gente de orden le produce espanto la multitud. Aunque hagan caja, la simple visión de una turba les pone de los nervios. Muchas veces me he preguntado el porqué de sus críticas despiadadas y a menudo he llegado a la sospechosa inquietud de que en realidad no aborrecen el mogollón ni el griterío, sino que sienten una atracción tan magnética por la muchedumbre que se ven impelidos a estamparse con ella. Su rechazo es astronómicamente proporcional a su deseo y se retroalimenta de manera constante, de ahí que si un día aciago rompen las ataduras nos regalen espectáculos de sorprendentes matices. No salen del armario, se arrojan por la ventana. No acuden a las manifestaciones, sino que se alistan en la policía para tener un arma. Y no es que vayan a los sanfermines, más bien se transforman en súcubos.

Gran Vía de Madrid, día del Orgullo

Madrid. Lavapiés expulsa a la policía

Chupinazo en Pamplona

   La falta de costumbre y sus propios malentendidos convierten a las gentes de orden en personajes de Tarantino. El follón, el ambientazo y el guirigay son naturales a la humanidad. Somos individuos sociables, máxime cuando actuamos sobre el planeta como vulgares parásitos, de modo que en seguida nos acostumbramos a la masificación, como si lo lleváramos en la masa de la sangre. Vivimos en las ciudades igual que termitas y enajenarse de esta situación percute negativamente en las neuronas. Fíjense en la nueva jefa del Fondo Monetario Internacional, que va a cobrar la pobre más de trescientos mil euros anuales (dietas, viajes y estancias a parte). Una persona con semejante sueldo es incapaz de llevar una vida mínimamente normal. Ya han visto cómo ha terminado su antecesor: violando camareras en hoteles de lujo. Por el mero hecho de subirse el sueldo un 11%, no conseguirá desprenderse del mundo terrenal ni de sus sucias y más abyectas pasiones. Al revés, la duda de lo que pueda estar ocultando le sacudirá un día con mayor virulencia.

   Ser jefe de la sociedad de autores y fastidiar todas las películas con estúpidos anuncios contra la piratería es una cosa y otra muy distinta que te pillen untando en el plato. No se puede vivir de espaldas a la gente, dictando normas de obligado cumplimiento y haciendo a la vez lo contrario de lo que predicas. Es muy fácil cobrar un canon en los cedés o una tasa en las peluquerías pero si te descubren con las manos en la masa todo se vendrá abajo. No sólo la institución que gobiernas, sino los principios que la regían, y tu imagen personal es lo primero que se desplomará entre la chanza y el jolgorio del personal. Cualquier pringado lo sabe. Haber trepado por la escalera hasta llegar a la cúpula no exime a nadie de cometer un error catastrófico y que se desmonte el tingladillo igual que una torreta de naipes. Podemos estar hablando años sobre la presunción de inocencia, lo que no podremos evitar nunca es la llegada de unos señores vestidos de uniforme cuyo único trabajo estriba en colocarte unas esposas.

   Su simple aparición indica que se está cometiendo algún delito, por eso en el madrileño barrio de Lavapiés se gritaba el otro día que los ciudadanos que estaban en la calle no eran delincuentes sino vecinos. Considerar que unos vecinos son menos vecinos que otros porque han nacido en el Senegal es un absurdo, de ahí que la gente se revuelva. Durante estos últimos meses estamos aprendiendo a contemplar las multitudes como una fórmula de crecimiento personal. Resulta difícil de entender que los políticos pidan sacrificios al pueblo mientras ellos se suben el sueldo tranquilamente, justo después de jurar el cargo. El simple hecho de invadir la calzada crea pasmo entre los jefes porque no tienen costumbre de que la ciudadanía se rebele. No acaban de creerse que los mismos que ayer se encogían de hombros salgan ahora de sus casas embravecidos. Antes les funcionaba mucho mejor.

   La sociedad iba a los sanfermines para correr delante de los toros y coger una buena curda, no para quitarse el sostén y exhibir la juventud alegremente en un baño pringoso de vino. Los más adinerados podían permitirse el lujo de pagar 1.800 euracos por pasar una noche en la misma habitación que durmió Hemingway en la calle Estafeta, sin tener que chipiarse en tintorro ni sufrir la insania que recorre la ciudad. Los tiempos están cambiando y la población está desatada. Hasta los suizos, gente nada primaria y honrada a carta cabal, crean partidos políticos del género idiota, como el AntiPower Point, para que Microsoft anule de una vez esas ridículas presentaciones que tantos millones cuestan en horas de trabajo perdidas. ¿A dónde vamos a llegar? Lo desconozco, pero salta a la vista que algo ha cambiado profundamente en el tradicional amansamiento de la sociedad. Cada día que pasa somos menos miedosos y más desvergonzados, incluso nos encaramos con la injusticia más facilmente, por esa razón a la hora de divertirnos soltamos las riendas todavía un poco más.

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