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Construyendo nuestras casas
Ana Royo. 37 años. Soltera. Albañil@ .

             ¿Pero existe la igualdad?
             —¿ La igualdad? —me contesta Helena—. A los hombres hay que recordarles la igualdad todos los días. No nos escuchan.
             Me doy cuenta de que no os he presentado a Helena. Helena y yo formamos un tándem: ella fotografía lo que vemos y yo lo escribo. Vamos en moto a cubrir el reportaje sobre Ana y aprovechamos los semáforos para charlar. Helena es la que conduce. Se detiene junto a un 4 x 4 y el conductor se queda de un aire. Al rato baja la ventanilla. Nos observa de arriba abajo y no puede creer lo que está viendo. Yo tampoco.
             ¿Todavía es tan humillante, para un hombre, ir de paquete en una moto de cilindrada?
            Por estos vericuetos se enzarzaban mis pensamientos cuando se abrió el semáforo. Escuché la caja de cambios, entró la primera y dejamos atrás al perplejo conductor del todoterreno. Nos dirigíamos al barrio de la Magdalena. Concretamente a la calle doctor Palomar. Y llegábamos un poco tarde. Ana nos esperaba ya desde hace un rato. Estaba sentada en el bordillo de la acera, junto a su moto. Ana también tiene una moto. Al vernos llegar se levantó con agilidad. Es una persona de complexión fuerte, de manos bien curtidas por el tajo. Y lleva el pelo corto, como si se lo hubiera teñido con un espray. Disculpó nuestra demora con una sonrisa y nos invitó a café en un bar próximo.
            —Resulta más práctico quedar con los compañeros en un bar —nos explica Ana—. A veces, la casa donde trabajamos está impracticable, como ahora, que tenemos faena en un caserón del barrio.
            —¿Es muy antiguo? —se interesa Helena.

«Ser mujer y ser fuerte
no es algo imposible»
«Lo mío es hacer viviendas,
la cocina me parece magia»
    — Tiene trescientos años. Los propietarios del segundo piso consiguieron una subvención para rehabilitar el inmueble. Y aquí estamos, tomándole el pulso a una casa de tres siglos.     Los ojos de Ana nos observan con franqueza. Nos habla de la bioconstrucción y del reciclaje, del uso de materiales ecológicos e incluso de las nuevas tendencias. Subraya sus comentarios con gestos breves y precisos.
   —Algunos clientes exigen que sus casas estén orientadas correctamente. No basta con que la obra esté acabada en plazo y se haya ceñido al presupuesto, debe responder a los parámetros de la bioconstrucción. La calidad también es salud y la gente quiere saber dónde va a meterse a vivir.
   —¿Tan mal vivimos? — pregunto con curiosidad.
   —Vivimos donde podemos. Y es una pena —se lamenta Ana—. La construcción edifica muchas veces a costa de las personas y tardamos demasiado tiempo en reaccionar. Todavía es frecuente ver tendidos de alta tensión cruzando por encima de nuestras cabezas.
   —O tener una gasolinera en las narices.
   —Hay zonas verdes que desaparecen de los planos.
   —Y todo es normal, porque nuestras calles y nuestras casas responden a patrones económicos. Especulativos. La construcción de cualquier edificio debería tener en cuenta, aparte del impacto ambiental o el paisajístico, la orientación de la vivienda. Se impone el ahorro de energía y el respeto al entorno, sólo falta construir con lógica.

    A los diez minutos de charla llegó Jorge, que es el jefe de Ana. Nos presentamos y apuramos el café. Serían las cinco y pico. Los abuelos del bar le daban fuego al "roslin" mientras jugaban al guiñote cuando Ana pidió la cuenta.
    Jorge nos puso al día sobre el tajo de aquella tarde y volviendo sobre nuestros pasos llegamos al caserón. La puerta era de madera maciza, muy vetusta, y le chillaron los goznes cuando atravesamos el portal, un portal de acceso en arco de medio punto.
    Recuerdo que bromeábamos sobre las películas de terror cuando se encendió una bombilla, y el viejo case-
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